Por un camino de tierra húmeda, bordeado de follaje y modestas casitas de madera, se llega al hogar de Yamilé Puentes, donde próximamente funcionarán una peluquería, un centro de lavado y un taller de manualidades gestionados por mujeres del barrio La Cidra, en el municipio de Baracoa, en la oriental provincia cubana de Guantánamo, a 993 kilómetros de La Habana.

La promotora cultural se animó a emprender ese espacio creativo y de servicios, sin precedentes en la comunidad rural de 25 kilómetros cuadrados y casi 150 personas, como alternativa para mejorar los ingresos familiares y de otras 15 vecinas.

La curiosidad por transformar elementos con la mezcla de sustancias fue el motivo por el cual Gisela Blanco Ramírez se hizo ingeniera química, hace 22 años, en su natal provincia Holguín, a 735 km de La Habana.

De esa vocación por la alquimia sacó las ideas para encauzar la minindustria de conservas de alimentos "Sí se puede", ubicada en el municipio habanero de Centro Habana, que en ocho años pasó de ser un local ruinoso con producciones deficientes a la rentabilidad y crecimiento actuales.

Santiago de Cuba, diciembre (SEMlac) Luego de jubilarse con 42 años de servicio como educadora de personas con discapacidad, Rosa La Rosa Echevarría acaba de estrenar su propia marca de alimentos en conserva: Maroja.

Parecería inverosímil si se visita la cocina diminuta de su apartamento, a cuatro pisos del suelo, en uno de los modestos barrios obreros de esta ciudad oriental, ubicada a más de 700 kilómetros de La Habana, donde desde hace más de una década ensaya recetas de cocina para prolongar el estado de los alimentos con los más diversos métodos.

De matemática a productora de conservas, agroecóloga y permacultora. Así ha sido el trayecto de Nilda Iglesias Domecq, una profesora universitaria que no rehúye a humedecer diariamente sus manos en el surco, cuando se trata de alimentar a su familia.

En los momentos difíciles supo sacar la savia del emprendimiento. Cuando enviudó hace 12 años y quedó sola a cargo de su hija adolescente, echó mano a lo aprendido de la abuela gallega -quien conservaba todo tipo de alimentos- y lo convirtió en su medio de vida.

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