Los cuerpos intersexuales y los malestares de la cultura

Por Adriana Agramonte [20-04-2015]

(Especial para SEMlac)

El modelo binario y el reto de la construcción de lo diverso

Nuestras identidades sexuales como hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, transgéneros u otras se construyen en el curso de nuestras vidas y son influidas por diferentes factores que negociamos a lo largo de ella, como nuestras esperanzas y deseos individuales, nuestra herencia biológica y el contexto social con su reglamentación y control.

Para las personas cuya condición podría “enmarcarse” o ubicarse en lo “diverso” --comprendiendo lo diverso como señalara el sociólogo Jeffrey Weeks[1] (Weeks,1998)_ “un estatus de “diferencia” o “desigualdad” con respecto a una estricta “normalidad”--, dicha construcción podría conllevar caminos más o menos complejos por el desafío que implica tener que afrontar estructuras fijas y cuestionar esquemas mentales clásicos, culturalmente asentados e internalizados; al tener que desafiar la lógica social que sigue el modelo binario que adjudica símbolos, representaciones, sentimientos y comportamientos según la pertenencia a uno u otro sexo, masculino o femenino. Nos referimos a identidades sexuales y genéricas que transitan por una realidad inconstante y cambiante que cuestiona, permanentemente, el imperativo biológico de las diferencias sexuales, de la dualidad.

 

Pero, ¿qué entendemos cuando hacemos referencia a sexo, género, sistema sexo-género y asignación de sexo y género?

Al hablar de sexo y género aparece como dificultad enfrentarnos a la polisemia de ambos vocablos. Si analizamos la categoría género, emerge primero su naturaleza multidimensional, la cual incluye aspectos sociales, psicológicos, jurídicos, económicos, políticos y culturales. El género es un término que ha sido ampliamente difundido en ciertos niveles de la sociedad, en los espacios académicos, universitarios, de investigación, en las políticas públicas y en algunos ámbitos institucionales. Es, además, una categoría histórica, mutable y dinámica; y es también teoría que expresa, analiza y devela lo que se conoce como dimensión de género insertada en textos de organismos internacionales como UNICEF, FAO y ONU.

De manera general, el género es conceptualizado como construcción social, simbólica, de significados, basado en la diferenciación biológica de los sexos, diferencia que jerarquiza a los seres humanos en tipos femeninos y masculinos; o sea, vivir en uno u otro, pero también expresa construcciones genéricas movibles, flexibles y mutantes que conllevan vivir entre uno y otro.

Al aludir a la categoría sexo nos referimos a los atributos biológicos que nos definen como mujeres, hombres u otro. Ann Fausto-Sterling[2], experta en el tema, señala que al menos existen cinco sexos y que dependen de seis factores no relacionados linealmente: ADN en los cromosomas, hormonas sexuales (todos/todas tenemos femeninas y masculinas), receptores hormonales, el cerebro, los genitales internos y los genitales externos. Estos últimos son la guía para asignar el sexo al nacer. En la cultura occidental esta asignación garantiza la identificación legal del individuo, adjudicándole rígidamente los atributos y significados culturales masculinos o femeninos, conocidos como género.

Hay un conjunto amplio de otras categorías que transversalizan con las mencionadas y que, explícita o implícitamente, se vinculan a las luchas y el activismo político del conglomerado LGTTTBI (acrónimo de lésbico, gay, travesti, transexual, transgénero, bisexual e intersexual). Ubicamos aquí categorías como ciudadanía, derechos sexuales y reproductivos, desarrollo humano, discriminación, justicia social, participación social, androcentrismo, heterosexismo, heteronormatividad, patriarcado, crimen de odio, todo el conjunto fóbico (transfobia, lesbofobia, homofobia, travestofobia) y otras.

Desde la antropología se ha aseverado que todas las sociedades en el mundo son patriarcales; en algún grado, en ellas funcionan las siguientes ecuaciones: hombre=pene=poder=activo=masculino, por un lado, y por otro, mujer=castrada=pasiva=femenina. El sistema patriarcal es un orden de poder cuyo modo de dominación tiene como paradigma al hombre, su supremacía.

La construcción de los significados de las masculinidades y feminidades, mediante la adscripción de manera normativa y rígida de normas, funciones, actividades, deberes, prohibiciones y conductas esperadas para hombres y mujeres, ocurre en el proceso de socialización, en la educación y la crianza. En este proceso se transmiten mensajes de género basados en estereotipos y significados que cada cultura asigna a mujeres y hombres.

De esta manera, históricamente, se han construido prototipos dicotómicos y complementarios que legitiman las relaciones de poder, violencia de género, discriminación y las desigualdades. Los estereotipos de género se nutren del sistema binario y es la dicotomía y lógica binaria la que organiza los conocimientos sobre el sexo, el género y la sexualidad, y es fuente de malestares y conflictos entre las personas LGTTTBI y el resto de la sociedad con limitaciones para aceptar, entender y respetar lo diverso.

La necesidad de diferenciar el género como construcción psicosocial de lo que es el sexo como referente a los aspectos bioanatómicos aparece por primera vez entre las pasadas décadas del cincuenta y sesenta, en los estudios del psicólogo John Money sobre transexualidad y hermafroditismo, este último término desactualizado por su connotación peyorativa y que hoy es nombrado por un amplio sector de actores sociales como intersexualidad o como trastornos del desarrollo del sexo[3] desde la biomedicina.

En el paradigma identitario desarrollado por Money, el sexo comienza a aparecer, como se le reconoce hoy día, bajo las características de sexo gonádico, sexo cromosómico y sexo genital, aludiendo así a elementos de la biología, a características genéticas, hormonales y fisiológicas. Este paradigma desarrolla lo que en el vocabulario actual se nombra sexo de crianza, proceso por el cual un individuo “sexualmente neutro”, cualquiera fuera su corporalidad inicial, era introducido en la masculinidad y la femineidad mediante la socialización. De este proceso de generización o socialización se derivaron los protocolos de atención a personas intersexuales aún vigentes en nuestras sociedades: a la asignación temprana al género femenino o masculino debería seguir, de modo inevitable, la intervención “normalizadora” sobre el cuerpo, de manera que este quede ubicado, sin lugar a dudas, en el estándar masculino o femenino. La cirugía, además, debería realizarse con una temporalidad específica, preferiblemente antes de los dos años de edad.

La opción fuertemente constructivista e intervencionista de Money en relación con la identidad de género obedecía, paradójicamente, a la exigencia intensamente esencialista de preservar el sistema dicotómico: a cada cuerpo sexuado le debía corresponder un género exclusivo. Por otro lado, este modelo psicosocial era sesgadamente heteronormativo: se consideraba que la asignación de identidad a un intersexual era exitosa cuando esta se correspondía con una orientación heterosexual.

Según la racionalidad biomédica, quirúrgicamente era más fácil hacer una mujer que un hombre y, puesto que la feminidad es reducida frecuentemente a la combinación de un clítoris (que no pueda ser confundido con un pene por su tamaño) y la capacidad de ser penetrada vaginalmente en una relación heterosexual “normal”, la mayoría de las personas con variación genital recibían asignación al sexo femenino. También siguieron este destino la mayoría de quienes nacieron con penes “muy pequeños”, identificados desde el saber biomédico como micropenes. Cada nacimiento intersexual con variación genital era tratado como una emergencia médica y psicosocial, y aún en la actualidad se concibe de esta manera.

Pese a lo anteriormente expresado, parece haber un consenso general de que rara vez las variaciones intersexuales conllevan un riesgo para la vida. Incluso, especialistas que realizan las operaciones de “normalización” reconocen que una mayoría de niños y niñas con variación genital no requieren de intervención médica para su salud física. Asimismo, han aparecido argumentos que son motivo de controversia entre clínicos, activistas en el campo de la intersexualidad, personas que recibieron cirugías en la infancia y familiares; estos grupos debaten si los procedimientos e intervenciones son primariamente cosméticos y potencialmente dañinos y alienantes.

 

Ser intersexual: desafíos en la construcción del cuerpo, la sexualidad y el género

Se estima que uno de cada 2.000 nacimientos en el mundo presenta alguna de las más de 75 condiciones de intersexualidad. La más frecuente es la Hiperplasia Adrenal Congénita (HAC), término clínico que incluye un grupo de condiciones endocrinológicas por las cuales los cuerpos no pueden procesar apropiadamente el cortisol. Uno de los resultados más visibles del desequilibrio orgánico es el de la virilización externa del cuerpo (tanto en aquellos que tienen ovarios y cariotipo XX, como en los que tienen testículos y cariotipo XY). La HAC es el diagnóstico más común que produce variación genital al nacer, la característica fenotípica sobresaliente de HAC es la apariencia del clítoris agrandado al nacer.

Según el filósofo intersexual Mauro Cabral, uno de los problemas más complejos a enfrentar para su comprensión en el imaginario cultural común es el de su inmediata asociación con el hermafroditismo y, de este, a su vez, con un individuo con ambos sexos, es decir, literalmente con pene y ovarios. Otra dificultad viene dada debido a que en la actualidad existen varios vocabularios o maneras de abordarla: como parte de las luchas de las comunidades y movimientos de la diversidad sexual; como cuestión de género; en el marco de la medicina como trastornos de la diferenciación sexual o como trastornos del desarrollo del sexo --en su definición más reciente--; y también desde el marco de los derechos de los niños y niñas o desde la perspectiva de la autonomía de los y las pacientes.

La intersexualidad, según el autor, remite a todas aquellas situaciones en las que el cuerpo sexuado de un individuo varía respecto al promedio de cuerpos femeninos o masculinos culturalmente vigentes[4]. El concepto clave para su comprensión sería el de variación. Es real hallar algunas mujeres con cromosomas XY y algunos hombres con cromosomas XX, otras personas tienen mosaicos cromosómicos (XXY, XXO); algunas presentan configuraciones y localizaciones peculiares de las gónadas (testículos no descendidos, coexistencia de tejido ovárico y testicular) o bien de los genitales (por ejemplo, cuando el tamaño del pene es “pequeño” o el clítoris es “demasiado” grande, o cuando el final de la uretra está desplazado de la punta del pene a uno de sus costados o a su base, o cuando la vagina está ausente…). Es posible encontrar personas con otras combinaciones y todo esto revela un conjunto muy amplio de corporalidades humanas.

Las variaciones genitales y de género están poco integradas en nuestra cultura occidental y por eso causan malestar social. Vivimos en una sociedad marcada por el dualismo en la que hay una necesidad imperiosa de clasificar los cuerpos como normales o patológicos; y la categorización sexual como hombre o mujer tiene un marcado énfasis. La biomedicina funciona con el modelo de asignación binario vigente, que responde al sistema cultural de los géneros. Este modelo demanda, de manera inequívoca, la ubicación de cada individuo al género femenino o masculino, de acuerdo a las mejores expectativas de una vida feliz y teniendo en cuenta, de manera decisiva, las experiencia de asignaciones anteriores. Es por eso, quizá, que la mayor parte de personas que presentan algún tipo de variación sexual u hormonal no se reconocen como intersexuales (sino como afectadas por el síndrome en cuestión), no quieren ser visibilizadas como tales y no tienen claves para interpretar, en términos sociales y de género, el estigma o la falta de información sobre la condición que padecen.

Una investigación desarrollada por el Instituto Nacional de Endocrinología de Cuba constató que la mayoría de las personas que recibieron cirugía genital en la infancia temprana no se percibían a sí mismas como intersexuales y tampoco lograron una visión de “normalidad corporal” según los estándares culturales, lo que significaba para ellas vivir en la vergüenza, la culpa, el ocultamiento y el secreto médico y parental como estrategias de protección, defensa y evitación del estigma social que caracterizaron las trayectorias de vida de una mayoría[5]. La práctica clínica reconoce las consecuencias negativas que tiene el secreto médico para la salud mental: no es útil, ni ventajoso, tampoco erradica temores. Es una carga intolerable, muchas veces abrumadora, que limita el crecimiento personal y entorpece la adecuada construcción de la identidad. Sin embargo, aún es una práctica generalizada del manejo clínico.

 

El cuestionamiento imprescindible

El modelo binario de clasificación de cuerpos, géneros y sexualidades ha sido profundamente cuestionado desde lo ético–jurídico-político, al violar la integridad corporal y la autonomía de decisión de las criaturas intersexuales. Un amplio sector de actores vinculados al campo de la intersexualidad defiende que la asignación inicial a un sexo no tiene que llevar implícita la asignación quirúrgica, lo que se define como modificación “cosmética” del cuerpo; y que el niño o niña debe ser respetado en su autonomía, debe tener la posibilidad de decidir acerca de la necesidad de modificarlo o no en el futuro, con pleno conocimiento de las consecuencias de cada decisión.

Las personas intersexuales tienen derecho a la integridad y la autodeterminación de su propio cuerpo. El consentimiento previo, libre y completamente informado es un requisito que se debe garantizar en todos los protocolos y prácticas médicas.

El paradigma ideal de atención de salud emergente es un “modelo de atención multidisciplinaria” que se destaca por su integralidad, con inclusión del acompañamiento psicológico a las familias, la atención de las necesidades psicosociales, la  solución de conflictos de orden jurídico y la educación a las personas intersexuales, a sus familiares y a los juristas.

Es necesario trabajar para reducir la violencia del sistema binario de sexo; género y cuerpo creando y proporcionando entornos seguros de apoyo, e incluso celebración, para las personas intersexuales y sus familias, lo que es posible con la promoción de un cambio cultural. Para ello deben fomentarse acciones de las instituciones encargadas de implementar las políticas sobre el cuerpo y las sexualidades, encaminadas a generar gratificaciones, goce, paz, armonía y valores humanos.



[1]Ver Weeks J. The sexual citizen, 1998; 15(35). Disponible en: http: //tcs.sagepub.com/content/15/3/35

 

[2]Fausto-Sterling A.: “The five sexes, revisited: The varieties of sex will test medical values and social norms”, The Sciencies, 19-232000.

 

[3] Hughes I, Houk C, Group LEC. Consensus statement on management of intersex disorders.  Arch Dis Child: BMJ Publishing Group & Royal College of Paediatrics and Children Health; 2006. p. 554–63.

 

[4] Ver Cabral M.: Interdicciones. Escrituras de la intersexualidad en castellano, Anarrés Editorial, 2009.

 

[5] Agramonte A., Ledón L.: “Intersexualidad, necesidad del cambio en el paradigma de atención”, Revista Cubana de Endocrinología, 2010; 21(3).

 

 

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