La posibilidad de que dos personas de igual sexo puedan legalizar sus relaciones, del mismo modo que lo hacen personas de sexos diferentes, es aún una utopía en Cuba; sin embargo, cada día se oxigena más el debate y un número creciente de personas participan en la discusión.

En la isla se habla casi indistintamente de “uniones legales” o “uniones consensuales” y “matrimonio igualitario”; haciendo alusión a la legalización de uniones, hogares, parejas del mismo sexo. Tendencia frecuente en la sociedad cubana contemporánea y que, por la importancia que tiene la familia dentro de esta, bien vale una discusión.

Es frecuente que, cuando un profesional de la salud --y es mi caso-- desee dedicar un tiempo a la reflexión sobre cuestiones de salud en un grupo poblacional específico, apele a la definición de salud aportada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que considera esta como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. El goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, ideología política o condición económica o social, ampliamente referenciada desde su formulación, aunque también cuestionada en su utilidad operacional.

Los movimientos de mujeres y el feminista, especialmente, desde hace algunos años utilizó la noción malestar para romper la lógica binaria a que alude el bipolo salud–enfermedad y, a través de este, designar el sufrimiento psíquico y emocional de las mujeres ligado al lugar históricamente construido para estas y los modelos asociados que se constituyen en factores de riego para su salud mental.[1] [2] Este acercamiento otorga significados a las dimensiones socio-históricas de producción de subjetividades.[3]

Seguir aportando al debate sobre la temática del diversidad sexual continúa siendo un imperativo y un desafío, mas cuando se trata de colocar esta temática en el ámbito de la pastoral eclesial y ecuménica.

Un imperativo, no con la intención de imponer un tema, sino como urgencia de responder a una necesidad de la comunidad cristiana de ser coherente y consecuente con la centralidad de su misión de "dar vida y en abundancia", lo que vino a hacer Jesús de Nazaret. Un desafío porque, a pesar de lo mucho que se ha debatido desde todos los espacios posibles de reflexión hoy, resulta difícil hacer comprender la realidad que viven muchas personas con una orientación psico-afectiva-sexual hacia su propio sexo y/o que experimentan una disyunción psicológica entre su sexo biológico e identidad sexual. Aún se mantienen actitudes xenofóbicas (rechazo a la diferencia) con legitimación ya sea religiosa, política, social, "científica". El espectro sigue siendo amplio, las posturas heterogéneas.

Especial para SEMlac

Un activista desarrolla su accionar dentro de una organización o grupo sin ánimo de beneficio particular, de manera altruista y solidaria, interviniendo con las personas y la realidad social frente a situaciones de vulneración, privación o falta de derechos u oportunidades para alcanzar una mejor calidad de vida y una mayor cohesión y justicia social como expresión de ciudadanía activa organizada.

El activista persigue un fin y un objetivo positivo: buscar un cambio para mejor en la situación de otras personas, además de gozar de capacidad suficiente para realizar la ayuda, con cierto consentimiento por parte de esas otras personas y respondiendo a una necesidad real del beneficiario. No es un pasatiempo ni un entretenimiento, sino que persigue la satisfacción de una necesidad previamente definida como tal. "Servir quiere decir dar, sacrificar una parte de sí mismo, de lo que se posee, en favor de otros", escribió Jean-G. Lossier. "Conocerse y encontrarse a sí mismo es el único medio de conocer y encontrar a los demás. Es muy cierto que cuanto más grande sea nuestra riqueza interior, más frutos producirá nuestro trabajo. "Si no hay luz en nosotros, ¿cómo iluminaremos el camino?".

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