La violencia es una construcción social aprendida y transmitida desde generaciones anteriores, mediante los diferentes tipos de conductas y actitudes que tienen lugar en los procesos de socialización, en el marco de las interacciones humanas, aunque hoy no pasa inadvertido el modo en que se entroniza en la cultura. La permisividad naturaliza y legitima pautas de comportamiento y sistemas de valores que se hacen funcionales y con los cuales actuamos de manera violenta. Entre estos no deja de señalarse la influencia de los sistemas patriarcales y los estereotipos androcéntricos. Cuba no está exenta de esta realidad.

Muchos son los sujetos violentados en nuestras sociedades, marcadas por una cultura machista. Como forma de perpetuarse, el sistema heteropatriarcal ha consolidado el sexismo en la educación desde instituciones socializadoras como la familia, la escuela, los medios de comunicación y otros. En el blanco de esa socialización sexista aparecen todas las expresiones de las sexualidades divergentes de la heteronormatividad: las personas homosexuales y las identidades trans (personas travestis, transexuales y transgéneros) constituyen uno de los grupos más violentados, estigmatizados y discriminados.

Quiero intervenir a propósito de la ciencia ficción cubana –en lo adelante CFC– y los modelos de sexualidad que propone. Invitarles a ese campo busca cubrir un vacío: aunque ya no es novedad en Cuba que la crítica feminista se dedique a la literatura hecha por o sobre mujeres, los estudios que hasta ahora circulan ignoran la CFC, igual que la crítica literaria "tradicional". Pero como soy una rara, no me avergüenza compartir esta obsesión. Lo que sigue es un análisis de 14 textos publicados en Cuba entre 2001 y 2013, por orden temático: libros patriarcales, feministas y queers. Comencemos por Vladimir Hernández Pacín y Elaine Vilar Madruga.

La posibilidad de que dos personas de igual sexo puedan legalizar sus relaciones, del mismo modo que lo hacen personas de sexos diferentes, es aún una utopía en Cuba; sin embargo, cada día se oxigena más el debate y un número creciente de personas participan en la discusión.

En la isla se habla casi indistintamente de “uniones legales” o “uniones consensuales” y “matrimonio igualitario”; haciendo alusión a la legalización de uniones, hogares, parejas del mismo sexo. Tendencia frecuente en la sociedad cubana contemporánea y que, por la importancia que tiene la familia dentro de esta, bien vale una discusión.

Es frecuente que, cuando un profesional de la salud --y es mi caso-- desee dedicar un tiempo a la reflexión sobre cuestiones de salud en un grupo poblacional específico, apele a la definición de salud aportada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que considera esta como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. El goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, ideología política o condición económica o social, ampliamente referenciada desde su formulación, aunque también cuestionada en su utilidad operacional.

Los movimientos de mujeres y el feminista, especialmente, desde hace algunos años utilizó la noción malestar para romper la lógica binaria a que alude el bipolo salud–enfermedad y, a través de este, designar el sufrimiento psíquico y emocional de las mujeres ligado al lugar históricamente construido para estas y los modelos asociados que se constituyen en factores de riego para su salud mental.[1] [2] Este acercamiento otorga significados a las dimensiones socio-históricas de producción de subjetividades.[3]

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