(Especial para SEMlac)

El modelo binario y el reto de la construcción de lo diverso

Nuestras identidades sexuales como hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, transgéneros u otras se construyen en el curso de nuestras vidas y son influidas por diferentes factores que negociamos a lo largo de ella, como nuestras esperanzas y deseos individuales, nuestra herencia biológica y el contexto social con su reglamentación y control.

Para las personas cuya condición podría “enmarcarse” o ubicarse en lo “diverso” --comprendiendo lo diverso como señalara el sociólogo Jeffrey Weeks[1] (Weeks,1998)_ “un estatus de “diferencia” o “desigualdad” con respecto a una estricta “normalidad”--, dicha construcción podría conllevar caminos más o menos complejos por el desafío que implica tener que afrontar estructuras fijas y cuestionar esquemas mentales clásicos, culturalmente asentados e internalizados; al tener que desafiar la lógica social que sigue el modelo binario que adjudica símbolos, representaciones, sentimientos y comportamientos según la pertenencia a uno u otro sexo, masculino o femenino. Nos referimos a identidades sexuales y genéricas que transitan por una realidad inconstante y cambiante que cuestiona, permanentemente, el imperativo biológico de las diferencias sexuales, de la dualidad.

Alrededor de la sexualidad, sus matices y estigmas en sociedades sexistas y con hegemonía o predilección por los comportamientos heterosexuales comienzan a aparecer disímiles tópicos, pero el tema que siempre me ha cautivado sobremanera es cómo se vivencian la esfera sentimental, la maternidad y los derechos sexo-eróticos-reproductivos en poblaciones de mujeres con orientación sexual hacia la homosexualidad, en nuestro contexto.

La lesbofobia, así como la lesbomaternofobia, cuestionan los derechos de apareamiento, además de los reproductivos, en las mujeres lesbianas y su sana búsqueda a proporcionarse una existencia plena de goce en todos los aspectos de la cotidianidad, como cualquier ser humano en capacidad de hacerlo, pero con la singularidad de experimentar diferentes maneras de sentir el amor y el placer (entre mujeres), los cuales pudieran coexistir en una pareja o unión sexo-erótica, o simplemente en la formación de una familia, sin ningún impedimento de índole biológico, psicológico o social.

"Kings and Queens and people in between,
poderosxs todxs somos poderosxs.
Las vacas, los toros y las mariposas.
Poderosxs, todxs somos poderosxs.
Intersexuales, dioses y diosas."
Krudas Cubensi, CD Poderosxs, 2014.

A partir de una conversación con Odaymara Cuesta y Olivia Prendes, integrantes del grupo de rap feminista queer Krudas Cubensi, sobre los inicios del grupo OREMI (red de mujeres lesbianas y bisexuales de Ciudad de la Habana), en 2004, me puse a pensar en la necesidad de rescatar las historias invisibilizadas de la comunidad LGBTIQ cubana. En sus esfuerzos por legitimar algunos campos científicos como la medicina, la pedagogía y la psicología durante los siglos XVIII, XIX e inicios del XX, la academia de ciencias en Cuba patologizó e invisibilizó a la población no-heteronormativa. El artículo "Critica del hombre mujer", escrito por José Agustín Caballero en 1790, y los estudios del profesor Luis Montané recogidos en la ponencia "La pederastia en Cuba", en 1890, son muestras de la preocupación de los científicos de la época por las prácticas homosexuales masculinas y el travestismo1. Otro ejemplo llegado a nuestros tiempos es el juicio de Enriqueta Favez, una mujer francesa que, por vestirse de hombre y contraer nupcias con otra mujer a fines del siglo XVIII, en la ciudad de Baracoa, en Guantánamo, fue condenada a 12 años de cárcel y luego al destierro2.

La Declaración de derechos del hombre y el ciudadano, nacida con la gesta de la revolución francesa de 1789, se considera la fuente de inspiración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada el 10 de diciembre de 1948.

La revolución francesa convocó a la barbarie y a la destrucción del orden moral, según ha dicho Edmund Burke[1]. La proclama “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, sustentada en “el contrato social” de Jacques Rosseau y otros contractualistas, promulgó un “contrato sexual” en los nacientes Estados laicos burgueses.

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