Foto Zanele Muholi (Umlazi, Durban, Sudáfrica, 1972)Foto Zanele Muholi (Umlazi, Durban, Sudáfrica, 1972)En contadas ocasiones hablamos de las consecuencias dolorosas que nos impone el machismo y cómo se convierte en una forma de violencia para las mujeres, en particular para las lesbianas, y también para los hombres y diferentes masculinidades.

Es sabido que la autovaloración depende de nuestras experiencias con las personas que nos rodean, de los mensajes que vamos recibiendo en la comunicación respecto a nuestro valor como persona primero, en el seno de la familia, luego en la escuela, en los medios de comunicación y la sociedad en general.

Kaipiroshka de Fresa, 2012 © Rocío GarcíaKaipiroshka de Fresa, 2012 © Rocío GarcíaCaracterizar a grupos sociales, étnicos, religiosos o económicos es un proceso social muchas veces necesario, pues generalizar conceptos en torno a determinados fenómenos constituye una herramienta para identificarlos o manejarlos mejor. Sin embargo, encasillar a las personas en conjuntos sobre los que se tienen creencias, ideas y sentimientos preconcebidos da lugar a la formación y reproducción de estereotipos.

Algunos grupos son más desfavorecidos en esta simplificación de la realidad. La generalización de conductas negativas asociadas a las personas de piel negra produce estereotipos e hiperbolizaciones que no siempre se fundamentan en la verdad. “Tenía que ser negro”, “Si no la hace a la entrada, la hace a la salida” son dicharachos populares que reflejan estereotipos y prejuicios raciales del imaginario social.

Pero no son ellos los únicos castigados, cuando de representaciones mentales se habla. La visión heterosexista de nuestras sociedades también ha sido el talón de Aquiles para otros grupos. Si una mujer tiene relaciones sexuales con varios hombres, se le acuñará de prostituta; si lo hace un hombre gay, se le tildará de promiscuo; pero si es un hombre heterosexual, no alcanzarán los buenos calificativos. Y sigue llevando la voz cantante el machismo.

(Especial para SEMlac)

El modelo binario y el reto de la construcción de lo diverso

Nuestras identidades sexuales como hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, transgéneros u otras se construyen en el curso de nuestras vidas y son influidas por diferentes factores que negociamos a lo largo de ella, como nuestras esperanzas y deseos individuales, nuestra herencia biológica y el contexto social con su reglamentación y control.

Para las personas cuya condición podría “enmarcarse” o ubicarse en lo “diverso” --comprendiendo lo diverso como señalara el sociólogo Jeffrey Weeks[1] (Weeks,1998)_ “un estatus de “diferencia” o “desigualdad” con respecto a una estricta “normalidad”--, dicha construcción podría conllevar caminos más o menos complejos por el desafío que implica tener que afrontar estructuras fijas y cuestionar esquemas mentales clásicos, culturalmente asentados e internalizados; al tener que desafiar la lógica social que sigue el modelo binario que adjudica símbolos, representaciones, sentimientos y comportamientos según la pertenencia a uno u otro sexo, masculino o femenino. Nos referimos a identidades sexuales y genéricas que transitan por una realidad inconstante y cambiante que cuestiona, permanentemente, el imperativo biológico de las diferencias sexuales, de la dualidad.

Alrededor de la sexualidad, sus matices y estigmas en sociedades sexistas y con hegemonía o predilección por los comportamientos heterosexuales comienzan a aparecer disímiles tópicos, pero el tema que siempre me ha cautivado sobremanera es cómo se vivencian la esfera sentimental, la maternidad y los derechos sexo-eróticos-reproductivos en poblaciones de mujeres con orientación sexual hacia la homosexualidad, en nuestro contexto.

La lesbofobia, así como la lesbomaternofobia, cuestionan los derechos de apareamiento, además de los reproductivos, en las mujeres lesbianas y su sana búsqueda a proporcionarse una existencia plena de goce en todos los aspectos de la cotidianidad, como cualquier ser humano en capacidad de hacerlo, pero con la singularidad de experimentar diferentes maneras de sentir el amor y el placer (entre mujeres), los cuales pudieran coexistir en una pareja o unión sexo-erótica, o simplemente en la formación de una familia, sin ningún impedimento de índole biológico, psicológico o social.

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