¿Es posible construir/constituir un movimiento LGBT cubano?

Por Ulises Padrón Suárez [21-11-2016]
Foto SEMlac Cuba. Foto SEMlac Cuba.

Apostar casi ciegamente contra el vacío

deberá ser, pues, el gesto inicial de quien

proponga esas cartas posibles alrededor

de un núcleo histórico, cultural, moral, político

y, así, según se quiera, para definir

la presencia del cuerpo homoerótico cubano.

Cuerpos de un deseo diferente (2012)

Norge Espinosa

Es recurrente escuchar entre activistas, políticos y funcionarios que no existe una comunidad ni movimiento LGBT[1] en Cuba, porque no representa una fuerza política de presión. Muchas veces, las comparaciones, descontextualizadas, parten del contraste con otros sistemas políticos de la región, como Argentina, Uruguay o Brasil, que han demostrado un efectivo movimiento político por el reclamo de los derechos de los grupos LGBT.

Aunque no se indagan en las razones, se niega la comunidad (espacio identitario) y el movimiento (espacio de acción y participación políticas) y las redes sociales que de ella se desprenden. Sin embargo, se pueden identificar actores clave, cierta genealogía, lugares y días específicos, reproducciones imaginarias y algún que otro consumo simbólico, bienes culturales propios de un movimiento. Se establecen, en muchas ocasiones, pautas lingüísticas y gestuales, comunicacionales en general, que son descifrables entre los sujetos que manejan y (re)producen esos códigos.

Las políticas de cohesión, como la construcción de una agenda política que defina un diálogo común, no se han establecido en el debate. La falta de consenso o de elaboración de un programa político común LGBT, por los derechos humanos y el reconocimiento de la diversidad sexopolítica, distiende los ejes de un movimiento que, al preconizar la lucha en defensa de las identidades no heteronormativas, no visualiza ideológicamente la pluralidad política, ni media inter pares para el necesario y pospuesto debate, entre los actores sociales y políticos en el país.

De aquí se derivan tres problemas inmediatos: primero, la dificultad de los grupos y organizaciones para construir alianzas y planes estratégicos de activismo social con eficacia en la participación ciudadana. Segundo, la ralentización de los procesos de concienciación política grupal y de movimiento por la no sustentación de un programa político en la comunidad. Tercero, muy ligada al anterior, considerar las cuestiones LGBT como causas de “minorías”, al lado de diseños históricos de discriminación y silenciamiento, sin trascendencia más allá del estrecho marco que las produce.

Una mirada global

Las circunstancias nacionales y regionales proporcionan a la isla más de una alternativa al tema y compromete, significantemente, la cuestión de la Nación cubana, su institucionalidad y estructuración del Estado y la sociedad civil a su interior.

El debate de la democracia, el socialismo y sus reelaboraciones evidencian un ineludible reordenamiento social capaz de transversalizar y flexibilizar las políticas asumidas. Habría, entonces, que tomar en cuenta algunos elementos contextuales en que vive el movimiento LGBT cubano actual.

Desde la pasada década del noventa, la emergencia y ascenso del sector privado autóctono, sobre todo, en el área de los servicios, conducen hacia la ampliación y multiplicidad de la oferta, mayor liquidez monetaria en el mercado local y aumento del empleo no estatal, con mejor remuneración salarial, en muchos casos. Sin embargo, las consecuencias negativas de este fenómeno pueden albergarse en manifestaciones segregacionistas, solapadas en la tenencia de capital, si antes el Estado no prevé y regula la competencia y movilidad social como contrapeso a la discriminación por orientación sexual e identidad de género.

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, el 17 de diciembre de 2014, tiene una potencialidad esperanzadora sobre el futuro del país. El retorno del diálogo posee más de un saldo positivo en la isla, pues está destinado a reconfigurar el mapa sociopolítico, reubicar a Cuba en el mercado internacional y en las estrategias geopolíticas de la región.

Además, para el movimiento, será fructífero compartir experiencias jurídicas, de activismo y de gobernanza, que consoliden el trabajo y diversifiquen los enfoques en temas cruciales como el matrimonio igualitario, la adopción, prevención del VIH/sida, entre otros aspectos medulares. Aunque el interés principal del gobierno estadounidense sea potenciar el sector privado y las telecomunicaciones, los métodos hacia el acceso a una economía más plural donde se inserten los reclamos políticos de los grupos LGBT constituirán una oportunidad al diálogo entre ambas naciones.

La ampliación necesaria de las telecomunicaciones, el uso y consumo de internet, crean nuevas plataformas de socialización, representación ideológica y aparente democratización discursiva en el espacio digital de la Isla. El lento desarrollo, por su parte, del servicio WIFI viene a ser el inicio de proyectos inversionistas más ambiciosos que incluyen, a largo plazo, contar con red digital en casa.

No obstante, el ciberactivismo LGBT—con un protagonismo innegable del blog Arcoíris, Paquito de Cuba o Negra cubana tenía que ser— potencia una visión local e internacional de la lucha a favor de políticas hacia la diferencia. Ha ayudado también a reordenar los nodos de discusión en las redes sociales y su debate, aunque con muy poco acceso para el gran público, y ha posibilitado canalizar cuestiones de la vida pública que contribuyen a ensanchar el diálogo y la participación con tintes diferentes, al margen de las vías tradicionales a través del gobierno y el parlamento nacional.

Estos tres factores, la emergencia del sector privado, la normalización de las relaciones Cuba-Estados Unidos y el desarrollo de las telecomunicaciones, no son los únicos en el panorama insular, ni perfilan en absoluto nuevas prácticas de incidencia social. Tampoco quiere decir que la situación no cambie con ellos o con otros, pero señalan los rumbos a seguir en los próximos 10 años.

Reveses y victorias

En 2014, la celebración en Cuba de la Conferencia Regional de la Asociación Internacional de Lesbianas y Gays Latinoamericana y del Caribe (ILGALAC) condensó los esfuerzos de activistas dispersos por todo el país, expuso la mirada regional como factor indispensable para colocar las experiencias cubanas en un sistema mayor y brindó en síntesis los instrumentos para negociar políticas públicas con los gobiernos y al interior de los movimientos.

Fue un aprendizaje para el activismo cubano que tuvo la oportunidad de examinar la heterogeneidad de posiciones políticas en relación con los temas de la diversidad. Posterior a ella, la oportunidad de concentrar espacios de socialización y de discusión entre diferentes actores se ha pospuesto, sin preverse ninguna iniciativa institucional o de la sociedad civil para el futuro. A pesar de ello, el activismo cubano marca este encuentro como parte aguas de las acciones en la isla, pues modificó el enfoque y aportó nuevas tácticas para el trabajo.

Sin embargo, el liderazgo de Mariela Castro Espín, directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), ha tenido que pugnar en más de una ocasión con la homofobia internalizada en el subconsciente de la Nación, cuando aún los temas de la diversidad sexopolítica no han calado estructuralmente en el debate público, institucional ni académico. En ese mismo año, salió a la luz el nuevo Código del Trabajo, la Ley 116; el periodista Francisco Rodríguez[2] arremetió al instante porque el documento no reconocía la identidad de género como principio de no discriminación, solo la orientación sexual. Si bien pudiera hacerse una lectura (interpretación) extensiva de la norma, lo cierto es que al no estar contemplado específicamente deja un vacío jurídico que permite al empleador operar según su “sensibilidad” y desprotege al empleado ante una injusticia por esta supresión. La diputada Castro Espín votó contra esta Ley, única persona que lo hiciera en el Parlamento cubano. Produjo por parte de los legisladores una discusión en cuanto a la necesidad y obligación de incluir la identidad de género que hasta el presente no había ocurrido en el código, aunque en recientes documentos oficiales rectores del Partido Comunista de Cuba se han apropiado del tema.

Para el movimiento dejó saldos positivos. La posibilidad de interpelar desde los medios digitales al poder legislativo y construir una demanda acompañada por activistas, fue un hecho real. A la protesta de Francisco Rodríguez se sumaron adeptos de todo el país que exigieron una revisión del código laboral, pues no era reflejo de los reclamos de los activistas y la población en general. Este acto redujo la brecha en la participación ciudadana, no concebida anteriormente.

Un año después, los sucesos de Kingbar[3], en junio de 2015, suscitaron una ola de descontento que duró en las redes sociales un poco más de dos meses. Este hecho homofóbico se compuso de protestas por activistas de diferentes grupos que exigían una ciudadanía activa que le hiciera frente a los cambios socioeconómicos. La gestión privada no debe (ni puede) reproducir en su lógica capitalista los mecanismos de represión social, ni el Estado mantener una actitud “neutral”, ni quedar a un lado en el desarrollo de los procesos de este sector emergente. Solo el control directo del mercado y político del Estado permitirá contrarrestar que se amplíen las desigualdades e inequidades sociales.

El repudio a la intolerancia y la puesta en evidencia de cómo en los intersticios del poder existen sólidos núcleos de discriminación naturalizados en la práctica cotidiana constituyeron breves ejemplos para comprender la complejidad de un asunto que se asienta en las estructuras conscientes de los individuos. Kingbar pudiera verse como un retroceso para el movimiento LGBT, pero le dio una lección martiana de unidad. Respetar la heterogeneidad y las diferencias nos hace más fuertes, en la misma medida en que se acepta que no hay un solo modelo sociopolítico, ni una Cuba para todos. La conjunción ideológica y la democracia podrán salvarnos de más de un peligro. Norge Espinosa, Alberto Roque, Alberto Abreu, entre otros activistas, denunciaron la falta de responsabilidad ciudadana del dueño del bar por un mundo más equitativo.  

Desde la resistencia, para un futuro próximo

El feminismo nos legó una lección de oro: “lo que no se menciona no existe”, incluso lo que se menciona mal, existe mal. Continuar negando el movimiento LGBT cubano es invisibilizar las prácticas políticas de grupos sociales que desbordan lo heteronormativo. En la complejidad de la sociedad cubana, donde los temas sobre orientación sexual e identidad de género siguen estando en un segundo plano, la ruptura con el pensamiento heterosexual expone los peligros de las desigualdades que no solo son de luchas de clases, de raza o de género. El sujeto está atravesado por múltiples discriminaciones, unas más evidentes que otras, que condicionan su ser, hacer, pensar, incluso desear en un tiempo y espacio concreto.

La Nación se constituye también como un gran sistema simbólico que organiza y estructura los grupos sociales en función de su acceso al poder y de las relaciones de poder producidas. Hago esta distinción porque no es lo mismo acceder al poder que crearlo o generarlo. El primero habla de un poder ya constituido, que nos trasciende, con un orden naturalizado.

El segundo presagia la maleabilidad de la perfomance política como productora de un nuevo orden sociopolítico y económico. Michel Foucault expresa en Historia de la sexualidad que donde hay poder hay resistencia. Dependerá de los usos de esas relaciones de poder si se reproducen las mismas lógicas funcionales de la discriminación. Desde luego que el poder puede y debe ser creativo y constitutivo de sujetos políticos, de grupos sociales que piensen en un nuevo panorama social de participación ciudadana. Para ello, es necesario el concurso de todas las personas sin que se las coarte ni invisibilice sus aportes al país.

Pensar en movimiento y en comunidad reta a los y las activistas, ante todo, a reconocerse en la lucha comprometida, dentro de los intereses nacionales. Esto es una dura apuesta, pues de lo que se trata es de introducir los temas LGBT en la esfera pública, al mismo nivel de discusión que los temas económicos, relaciones con los Estados Unidos, entre otros, y extenderlos al plano académico, científico y a la vida cotidiana. También debe crearse una plataforma común y un programa político que visibilicen las demandas sociales de los diversos grupos, en tanto constituya una oportunidad para el diálogo con el gobierno y las demás instituciones en la isla.

Desde esta perspectiva, desconcentrar los temas de la homofobia en organizaciones particulares y días específicos, figura una urgencia del activismo LGBT, pues fuera de los espacios comunes no se apoya un debate continuo en torno a estas cuestiones. La construcción e irradiación de discursos, con cifras, sujetos y responsables, desde múltiples actores sociales, permitiría visibilizar y humanizar una realidad social y sus complejidades. La teoría política del movimiento LGBT tiene que servir de instrumento para el acceso a nuevos espacios de poder y decisión, que proporcione información sobre las poblaciones con identidades no heteronormativas y entretejan nuevos modelos de participación.

El movimiento tiene que consolidar y diversificar el liderazgo de los grupos y sus representaciones en el espacio público, mediático y social. La elaboración de estrategias comunicacionales a largo plazo permite colocar demandas y voceros en el tejido social, de manera que se pueda sortear los obstáculos a futuro. Además de contribuir con los procesos de concienciación política de los activistas, favorece la formación de generaciones en la medida que actualiza las luchas sociales. La reflexión sobre esta cuestión no es meramente especulativa. Aún en la actualidad, mencionar el movimiento LGBT resulta un anatema. Sin embargo, invisibilizarlo desde el discurso perpetúa su clandestinaje y silenciamiento.

El Estado, en estas circunstancias, no está obligado a concertar mecanismos de diálogo para los diversos grupos de las poblaciones LGBT. La acción política debería empeñarse en construir ese escenario común, movimiento LGBT y Estado, que encauce las demandas sociales y rearticule las estructuras de la sociedad y mostrar así la diversidad política como reflejo de la institucionalidad del país.

Un movimiento LGBT sólido no es precisamente un bloque monolítico y guerrerista, sino aquel que en su paso por la sociedad, en su recorrido por la Nación, va evidenciado sus fortalezas, también sus debilidades, conflictos, pugnas individuales y heterogeneidad proteica. De cualquier manera, su construcción dependerá del esfuerzo y la responsabilidad de todos y todas.  

 


[1] Las siglas LGBT significan lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Suprimo deliberadamente las siglas I, intersexuales, porque no se visibilizan como sujetos políticos, pues sus demandas se confunden con la rutina asistencialista médico-biológica que los distancia de la posibilidad de activismo real en nuestro contexto.

[2] En el blog de Paquito de Cuba se encuentra la crónica de este evento.

[3] La discriminación de un grupo de personas LGBTIQ, entre ellas activistas, a quienes se les negó entrar al bar de propiedad privada.

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