La intimidad como daga

Por Yoe Suárez [13-04-2018]

A la luz de la pantalla el rostro de Ailín Valenzuela parece el de un fantasma abatido. La amiga que la acompaña a la zona wifi pregunta qué le ocurre. Ailín le pasa el móvil con el último chat de Facebook.

Alexander: ¿Recuerdas esto? (Seis fotos y una que carga muestran los senos, los muslos, el sexo de Ailín).

Ailín: Bórralas!!! No tienes ningún derecho! Ya tú y yo terminamos.

Aunque tres meses atrás la relación había acabado, Alexander insistía en rehacerla. Primero con romántica insistencia, luego mandando a amigos intercesores. Las últimas semanas Ailín sintió, para luego comprobar, que era vigilada desde un auto de alquiler.

Alexander: La única manera en que estas fotos no van a hacerse públicas es si vuelves conmigo. Dos días para pensarlo.

Ella comienza a teclear. Desiste. El globo de texto continúa moviéndose.

Alexander: Y si le dices a alguien las publico igual.

Ailín: ¡Tú sabes que eso se penaliza, que puedes ir preso!!!

No está segura de lo que escribió, pero el sentido común le dice que así es. El globo de texto se mueve un rato con pausas antes de postear.

Alexander: Sip.

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Si bien la pornovenganza tiene su hábitat natural online, hay quien afirma que en Cuba se daba antes de que existiera acceso público a la red de redes; básicamente, a través de dispositivos de almacenamiento.

La penetración de Internet en el archipiélago alcanza a 4,5 millones de habitantes, según los datos más recientes de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información. A partir de 2015 el gobierno facilitó a gran número de médicos el servicio de Internet en las casas, y habilitó más de 200 puntos wifi. El pasado diciembre la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) anunció un aumento de zonas conectadas.

Mientras más crezca el acceso crecerá también la sombra del ciberacoso en su sentido más amplio; y lo excepcional se hará cada vez más común.

Catorce años atrás era otro el paisaje. Entonces, Yoerky Sánchez ingresaba a la Asamblea Nacional del Poder Popular como uno de los más jóvenes integrantes de la Comisión de Atención a la Niñez, la Juventud y la Igualdad de Derechos de la Mujer. En la legislatura que concluye en este mes de marzo, Yoerky ocupó el cargo de vicepresidente de este grupo. No recuerda en todo ese tiempo que se tratara específicamente la pornovenganza.

“No se ha propuesto nunca una ley contra ese fenómeno, ni ha sido tema central en los encuentros. Lo más cercano son los debates sobre la violencia simbólica contra la mujer; por ejemplo, cómo cierta publicidad la reduce a un objeto sexual. El tema es que tampoco nos han llegado denuncias”.

Preguntado acerca de cómo pueden hacerse escuchar las víctimas de pornochantaje ante la mencionada comisión, Yoerky explica que existe la alternativa de plantearles el problema a los diputados, “pero de todos modos, acá nos encargamos de legislar, y cuando hay un caso muy particular se reenvía a la institución pertinente”.

El joven parlamentario reconoce que para castigar al acosador, estas instituciones se valen de las leyes existentes. El Código Penal, en su artículo 285.1, contempla la amenaza de “divulgar un hecho lesivo para su honor o su prestigio público” como un delito contra la integridad personal. Por el momento, en casos como el de Ailín son aplicables estas figuras.

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Al día siguiente de la amenaza, la amiga propone tomar la justicia por cuenta propia: reunir a un par de vecinos, “reventar” al chantajista. Pero él no está en Cuba, sino en Canadá, país del que es ciudadano hace quince años.

Del mismo modo en que convocó a la brutalidad, la amiga pasa a la diplomacia e intercede vía Facebook. Alexander le dice que no desea hacerlo, pero que Ailín no le deja otra alternativa.

La víctima, mientras tanto, piensa en contarle a la exsuegra, apelar a la solidaridad femenina; un coscorrón materno es capaz de remover las malas ideas. Pero de la mujer no hay perfil en las redes sociales. Entonces la amiga le enseña la respuesta de Alexander.

— ¡¿Cómo pretende mantener a alguien atado a su lado?! — estalla, y empieza a lamentarse con una risita nerviosa que da miedo — . Ahora se cree con el control de mi vida. Parecía tan normal, y en él viven tres locos. Tres por el precio de uno.

La amiga le propone un plan rocambolesco:

— Cásate con él, allá borra las fotos y de paso te vas de acá; así matas dos pájaros de un tiro. ¡Aprovecha, muchacha!

— Pero, ¡quién te ha dicho que yo quiero irme de Cuba! ¡Y mucho menos que me voy a casar con un enfermo! — se ofende Ailín — . Si antes dejó de gustarme, ahora lo detesto.

Necesita llorar y no puede. Le queda poco tiempo de conectividad, y se le agotó el dinero. Es cara la hora acá. Debe saber de dónde puede asirse. La brújula de los perdidos es quizá Internet. Teclea. Da Enter.

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En entrevista con la agencia IPS, Yarina Amoroso, presidenta de la Sociedad de Derecho e Informática, propuso acorralar desde disposiciones civiles, penales, administrativas y laborales a los victimarios. En una reciente intervención académica, la especialista Zahira Ojeda amplió el campo de operación de la ley que falta: la protección de datos. Una legislación como esa pondría a Cuba a la cabeza del hemisferio.

Hace pocos años, el Senado argentino estipuló penalizaciones de seis meses a cuatro años de prisión para quien difunda, sin consentimiento de los implicados y mediante cualquier vía, “imágenes de desnudez total o parcial y/o videos de contenido sexual o erótico de una o más personas”. La ley se hará cumplir, incluso, si al tomarlas hubiera existido consentimiento. Desde 2015 Canadá sumó medidas similares un tanto más severas a su Código Penal.

Pero Ailín no vive tan al norte como para cobijarse bajo una ley ajena, aunque pudiera pasar por un caro y quizá demorado proceso legal entre Ottawa y La Habana. Piensa en Alexander, en cómo verá la nieve sintiéndose poderoso. Acá ni llueve, pero a Ailín se le ha mojado la pantalla del móvil, y el login de Internet le pide que recargue. Hoy está nevando muy dentro de ella.

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A inicios de septiembre del año pasado, la italiana Tiziana Cantone se suicidó después de que se difundiera un video en el que tenía sexo con otra persona. Sus treintiún años tuvieron que colgar del cuello para que la sociedad mirara otra vez a la pornovenganza, y Ailín, sin tiempo para que una ley cubana vaya a su rescate, no quiere acabar así.

En opinión del psicólogo Manuel Gutiérrez, esta manifestación de la violencia de género provoca como consecuencia frecuente la depresión crónica. Entre el chantaje y la inexistencia de mecanismos para detener las publicaciones, las víctimas se sienten desprotegidas.

Una legislación desactualizada genera estados de impunidad. Lo novedoso del fenómeno en un país habituado a vivir offline no puede inmovilizar a quienes disponen del orden. Para Ailín y otras Ailínes sería sabio detener ahora el goteo antes que luego el río.

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Pasadas dos noches sin dormir, dos mediodías sin almorzar, va al parque más cercano. Abre Facebook.

Alexander: Estás??? Por fin, qué vas a hacer?

Y ella, en La Habana, preguntándose lo mismo.

Fuente: Somos Jóvenes

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