La comunicación para la equidad en clave de aprendizajes

Por Kenia Méndez Mederos. Especial para SEMlac Cuba [09-08-2020]
Imagen tomada de Comunicar Igualdad Imagen tomada de Comunicar Igualdad

Las teorías, posturas y perspectivas que propiciaron el pensar y hacer la comunicación desde otros lugares, prácticas y concepciones son extensas y plurales. Ocupan un lugar importante en este proceso: la difusión de innovaciones, la modernización, la teoría de la dependencia, la comunicación para/de apoyo al desarrollo (incluido ahí el extensísimo debate sobre el concepto de desarrollo), el nuevo orden mundial de la información y la comunicación, la escuela crítica latinoamericana, el marketing social, entre otros elementos.

Las denominaciones que ha acogido esta otra comunicación son numerosas, resaltan entre ellas: para el desarrollo, participativa, educativa, popular, comunitaria, alternativa, contrahegemónica, transformadora, entre otras. Algunas se han erigido como modelos, con una producción teórica y práctica significativa; otras han devenido principios y características inherentes a dichos modelos.
A partir de la sistematización de las propuestas de estos enfoques y del reconocimiento de los rasgos específicos que la estructuran, se propone reconocer la comunicación para la equidad como “los procesos dialógicos de intercambio a través de herramientas y métodos, que permitan tanto el tratamiento imparcial a todas las personas y el empoderamiento de grupos históricamente marginados, como el acceso equitativo a la información, el conocimiento y los servicios basados en tecnología”.
La investigación que origina estas reflexiones se acercó a dos experiencias cubanas para perfilar las prácticas y principios determinantes en sus procesos de comunicación para la equidad: la campaña por la no violencia hacia las mujeres Eres Más y la Red Barrial Afrodescendiente. En sus modos de hacer, convocar y decir podemos encontrar aprendizajes válidos para seguir transformando desde otros espacios y experiencias y, a la vez, para caracterizar los procesos de comunicación para la equidad:


1. La comunicación para la equidad requiere una mirada integral a ambos procesos, que asuma las relaciones entre ellos y que entienda los aportes a un modelo de sociedad participativo, innovador y justo.

La configuración de las experiencias y los equipos de trabajo denotan que hacen falta niveles de especialización y familiarización empírica con la problemática. No se trata de especialistas en comunicación formados en temas de equidad o viceversa, sino de un enfoque multidisciplinario de experticias y condiciones individuales –sensibilidad, liderazgo, habilidades para la coordinación de trabajo en grupo– que pueda identificar y abordar el problema de forma integral.
Se aplican conceptos de comunicación mediados por la participación como filosofía, que los aleja de posturas más tradicionales y que atienden las necesidades y capacidades individuales de los sujetos, haciéndolos protagonistas de los procesos que viven. Se trata, en todos los casos, de una comunicación que respeta y promueve las diferencias, las múltiples identidades individuales, de una comunicación que entiende las brechas de equidad en sus múltiples interrelaciones –aditiva, multiplicativa e interseccional.
Llama la atención que las experiencias sobrepasan concepciones tradicionales de los conceptos campaña y red, respectivamente, desde una perspectiva que entiende y asume la complejidad de las transformaciones emprendidas. Ambas tuvieron en el centro procesos de articulación y dinámicas de trabajo coherentes con una visión participativa.


2. Los mensajes tienen el reto de crear conciencia sobre desigualdades y relaciones de dominación que la sociedad ha tendido a naturalizar, por lo que deben combinarse recursos formativos, informativos, movilizativos y de empoderamiento. Todo esto con sentido de oportunidad para penetrar la agenda de los medios y los decisores.
Por la complejidad del tema y su carácter subjetivo y cultural, fueron priorizadas las acciones de formación y sensibilización, que incorporaron a todos los actores, especialmente a decisores y profesionales de los medios de comunicación de masas. Se ha puesto énfasis en intencionar una articulación orgánica que tenga en cuenta todos los niveles (nacional, provincial, comunitario) y todos los espacios (culturales, académicos, políticos), que acepte otras formas de organización (gubernamentales, de la sociedad civil, proyectos, etc.) y que promueva las propuestas e ideas de las personas.
Es innegable que persisten incomprensiones, invisibilizaciones y prejuicios en la sociedad cubana y su institucionalidad, por lo que posicionar los mensajes en los medios de comunicación ha sido difícil para ambas experiencias. Una buena práctica fue aprovechar coyunturas como la celebración de jornadas y efemérides para extender el activismo. La Red Barrial, además, se ha dado a conocer probablemente con mayor fuerza en el ámbito internacional que en el nacional, a partir de su articulación con otras iniciativas que abordan la misma brecha y que tienen más recursos y competencias para promover y visibilizar sus actividades.


3. El aparato metodológico debe garantizar el carácter accesible, participativo, la prealimentación, la recuperación sistemática de los pasos que se dan, la atención adecuada a los públicos, la efectividad del mensaje y la sostenibilidad de las transformaciones. Los marcos existentes son sectorializados e insuficientes, por lo que se toman referentes de cada uno y no existe el método ideal.

Las metodologías de trabajo siguieron como principios fundamentales la participación, la accesibilidad y la no discriminación, al tiempo que fueron flexibles para atender los cambios contextuales y grupales en el camino de la implementación. La Educación Popular resalta como una propuesta pertinente, pues tiene en cuenta las experiencias personales, las historias de vida y los saberes populares, elementos que resultan esenciales para entender y revertir los procesos de exclusión. Sin embargo, no se cuenta con metodologías integradas que indiquen los cómos para una comunicación globalmente accesible, no discriminatoria y participativa.
De esta manera, los equipos de trabajo no tenían ni las competencias, ni materiales de aprendizaje, para considerar desde el principio todos los indicadores a cumplir desde la producción de contenidos –que en la mayoría de los casos no han sido accesibles a personas con discapacidad, por ejemplo–, y tampoco cuentan con fuentes de datos confiables que puedan usarse en los mensajes. Esto mueve la reflexión hacia la necesidad de metodologías integradas.


4. Aunque se empodera a grupos históricamente marginados, la comunicación para la equidad celebra la diversidad, no es excluyente –ni por justicia histórica, ni porque existan grupos cuyos “intereses” están garantizados– ni prohibitiva.
No solo es justo, sino también necesario, hablarles a todas las personas. Porque de alguna forma todos estamos implicados: si no somos personas excluidas o de alguna forma discriminadas, pues entonces somos policías, decisores, periodistas, médicos, artistas, familiares o amistaes de las personas que sí lo son. Se trata de una comunicación exhortativa, que muestra las vías, que da herramientas, que potencia lo humano. Las experiencias están abiertas a toda la población, aunque aborden cuestiones relacionadas con grupos específicos; sus mensajes optan por la sostenibilidad y la vida, a tono con la comunicación para el desarrollo.


5. La evaluación no está en el efecto de la comunicación en sí, sino en la transformación generada.
Los procesos evaluativos de las experiencias analizan con mucha fuerza los impactos, que más allá de las metas propuestas, ponen énfasis en la incidencia sobre las manifestaciones de la problemática. A tono con esto, han sido útiles los enfoques de sistematización, identificación de lecciones aprendidas e historias de cambio, análisis de transformaciones generadas desde el nivel individual hasta el macro-social, así como las evaluaciones externas.
Aunque ya se han perfilado conscientemente algunos enfoques y/o condiciones que apuntan a prácticas específicas de comunicación para la equidad --como la educomunicación--, la comunicación con enfoque de género, el lenguaje inclusivo, el movimiento open, entre otros, aún tenemos pendiente el pensar articuladamente para influir desde la comunicación en el entramado complejo e interseccional que dibujan las desigualdades.


[1] Este texto tiene su base en la investigación: Comunicación para la equidad. Estudio de caso en dos experiencias cubanas, Kenia Méndez Mederos, Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

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