En real o digital, pero sin violencia

Dainerys Mesa Padrón/ Revista Alma Mater [09-02-2016]

Los tiempos cambian y con ellos las generaciones, las modas, las maneras de vivir. No obstante, los constructos culturales arraigados en las sociedades condicionan (casi invisiblemente) eso que parece moderno y diferente. Las nuevas tecnologías introducen otras formas de comunicación, interacción y socialización, pero también trasladan a sus escenarios patrones existentes en el espacio físico. Las redes sociales, los teléfonos móviles... continúan reproduciendo la disparidad de poder entre hombres y mujeres y favorecen el control, la discriminación y la violencia de género.

Para la mayoría de las personas la frase violencia hacia las mujeres refiere solo maltratos físicos; no obstante, otras coyunturas dimensionan su significado en múltiples espacios y manifestaciones. Las agresiones psicológica y simbólica, subvaloradas en ocasiones por su carga emotiva, materializan también los malos tratos, en tanto reproducen patrones de superioridad masculina. Se perpetúan a partir de falsas creencias sobre el poder y la autoridad.

La naturalización e invisibilización de la violencia, como explican Dunia M. Ferrer Lozano, Norma Vasallo Barrueta y María L. González, investigadoras de la Universidad de La Habana, «unido a su connotación negativa, impiden una total concientización de la misma y sus efectos, trayendo como consecuencia un predominio de posturas acríticas, la ceguera selectiva, la externalización de culpas y la negación y/o su minimización y justificación».

Ejercer abuso psicológico sobre alguien pasa por disímiles mediaciones que no siempre son reconocidas como tales. Las nuevas tecnologías (TICs) constituyen hoy un elemento importante en el ejercicio de control, acoso y dominación hacia las mujeres.

 

Abrir la mirada

 

El uso continuo de Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, y otras redes sociales de Internet como medio alterno para divulgar experiencias personales y grupales, introduce, cada vez más, las posturas excluyentes y agresivas con marcas de género. Mientras, las ciberidentidades creadas a partir de fotos, videos y otros datos de la vida privada, propician el accionar de algunos maltratadores.

Un estudio realizado en España por la psicóloga Ianire Estébanez revela que, en muchos casos, la red de redes concreta la primera consulta de muchachos y muchachas ante determinada problemática personal.

Asimismo, destaca la especialista en prevención de violencia de este tipo, la ficción romántica ensayada desde el ciberespacio reproduce modelos de amor que exigen una fusión absoluta de ambas partes, dando cabida a «una nefasta gestión emocional de los celos, junto a una concepción negativa de la libertad de la pareja (especialmente de las chicas)».

Por otra parte, Mario Nieves Cruz, escritor cubano residente en México, describe comportamientos que repercuten no solo en mujeres, sino en todas aquellas personas con una construcción de género femenina o desapegada de los patrones culturales de lo femenino y lo tradicionalmente estructurado como masculino.

En La hoguera de las tentaciones(2014) Nieves reseña más de una decena de casos en los que adolescentes y jóvenes llegaron al suicidio luego de verse acosados, humillados y amenazados a través de las redes sociales.

De las investigaciones al respecto han derivado nombres como ciberacoso, pornovenganza, sexting, ciberbullying, grooming, entre otros.

A propósito de dicha gama de títulos, que a la larga acopian actos bien parecidos, Yarina Amoroso, presidenta de la Sociedad Cubana de Derecho e Informática de la Unión Nacional de Juristas, refiere el dato de la ONU que estima que el 95% de las conductas agresivas, los acosos, las expresiones ofensivas y las imágenes denigrantes publicadas en los espacios digitales, tienen por objeto a la mujer y proceden de su pareja o expareja hombre.

En este sentido, varios son los pronunciamientos institucionales en contra de cualquier manifestación de agresión contra las féminas. La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, en 1993, la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la cual define como «todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vía pública o en la vía privada».

Nos encontramos, entonces, con que las nuevas tecnologías aparecen en un espacio subjetivo de la realidad, dotándonos de nuevas formas de socialización, comunicación e intercambio que, evidentemente, poseen sus ventajas. También extienden una imperceptible línea de peligro basada en acuñar procederes patriarcales y colectivizarlos.

Para Soraia Calvo, sexóloga y profesora de la Universidad de Oviedo (España), el desequilibrio adquiere una carga extra cuando median las TICs.

«El acceso al plano íntimo de la otra persona a través de programas de mensajería instantánea —acota Calvo—, la posibilidad de estar conectados 24 horas al día y siete días a la semana, las formas en que las redes sociales dejan ver de manera pública la vida personal de los demás implica y genera emociones o sentimientos muy difíciles de gestionar. Vivimos en sociedades patriarcales con ideas sesgadas sobre lo que es (y tiene que ser) un hombre, y lo que es (y tiene que ser) una mujer. Muchos de esos conflictos se trasladan al lugar de las tecnologías y establecen limitantes de las relaciones de amor y de las formas de vivirlo».

Pero no solo los afectos de pareja vivencian la separación entre contenidos para hombres y mujeres dispuestos en Internet o en la telefonía celular. La psicóloga Dalia Virgilí detalla cómo tales construcciones estipulan lecturas y accesos diferentes en cuanto al aprovechamiento de las unas y los otros.

«Impera —señala la especialista—, centrar la atención en los intercambios posibles a través de las redes sociales, donde circulan violencias de género de todo tipo: que pueden empezar con la simple solicitud de amistad de personas extrañas a partir del "gusto" generado por una foto de perfil; pasando por los piropos entre "amigos" y los consejos de belleza o mandatos de lo que deben ser y hacer una mujer y un hombre, que circulan en forma de postales con frases sobre la vida; y terminando con el control constante de una persona a través del GPS o el posteo sobre lugares que visita. Este último caso puede terminar en acosos fatales e incluso, feminicidios».

 

Mirar hacia adentro

 

A estas alturas, cualquier joven de la Isla puede dudar de la cercanía de dichas experiencias con su contexto inmediato. Por una parte, el acceso de cubanas y cubanos a las TICs, así como la utilización plena de las aplicaciones móviles resultan deficientes en el país. Aunque no por ello podemos hablar de cero agresión en estos escenarios.

De un tiempo a la fecha circulan por vías alternativas (móviles, redes de computadoras, memorias flash...) videos eróticos de muchachas que, muchas veces, fueron grabados en la intimidad de la pareja, quien los difundió sin su consentimiento. Algunos de ellos entran en la nomenclatura de la pornovenganza.

También proliferan otras burdas realizaciones audiovisuales mediante las cuales se ridiculiza a determinado personaje femenino, quien no cumple con los cánones de belleza impuestos por la sociedad.

Se trata, como expresa la entendida en género y cine, Danae Diéguez, de un correlato de la vida cotidiana llevado al plano tecnológico.

«En el mundo digital —argumenta Diéguez— asistimos a los mismos imaginarios simbólicos que reproducen la violencia. Solo que adquieren formas, discursos, y estrategias disímiles. Destacaría, como característica importante, que llega a muchas personas a la vez, se camufla según los y las destinatarias y el mismo hecho de que la tecnología es en sí misma una herramienta que adquiere un lenguaje per se».

La mayoría de los mensajes divulgados a través de estos formatos, parecen inofensivos y hasta neutrales en cuanto a ideologías machistas. No obstante, simbólicamente encierran estereotipos y mitos que disminuyen y arremeten contra la pluralidad femenina.

«Entre las manifestaciones más comunes en estos medios —destaca la Máster en Psicología e integrante de la Cátedra de la Mujer de la Universidad de La Habana, Taimara Alfonso— encontramos la visualización y comercialización de la mujer como objeto sexual, la sexuación de su cuerpo como esencia de deseo, el imperativo de un modelo de belleza que responde a patrones rígidos y en muchas ocasiones inalcanzables, lo que provoca numerosos malestares e insatisfacciones».

Evidenciar la coacción en el ámbito psicológico dista mucho del moretón en el rostro. Más, algunas conductas muestran el deterioro emocional de las personas y encienden una luz de alarma.

«Resulta importante atender a factores fisiológicos, emocionales y sociales para entender la vivencia de una persona que está sufriendo un abuso», expresa la sexóloga española Soraia Calvo. Y en consecuencia, enumera algunas de las características para identificarlo: ansiedad, inseguridad, aislamiento, miedo a actuar de determinada manera o indefensión ante las reacciones de la pareja. Precisamente en el plano de las relaciones amorosas, en el contexto cubano, juega un rol determinante el uso de los teléfonos móviles (junto a Facebook como red social). A través de estos, muchos hombres, abusando de su papel como financiadores, practican control sobre las mujeres; no solo demandando información constante de dónde están y con quién, sino revisando su historial de llamadas, mensajes, fotos... Sabemos que este ejercicio de poder no abarca todos los cráteres de las desigualdades trasladadas al mundo digital; pero sí suma una gota más. La copa desborda entonces generando debilitación social, emocional y relacional de la persona violentada y de su comunidad inmediata; sobre todo, porque en muchos países, incluida Cuba, tales eventos no se penalizan.

El asunto no radica —evidentemente— en temerle a las TICs o fomentar que las mujeres anulen sus usos. Por el contrario, hay que educar a niñas y niños, jóvenes y adultos en el reconocimiento de los riesgos que engendran y en cómo reaccionar ante ellos.

Sobre las acciones de prevención y sensibilización de quienes permanecen como emisores y receptores detrás de las pantallas de ordenadores, portátiles, tablets o smartphones, Lanire Estébanez propone una educación inclusiva.

«Crear un mundo virtual diferente —advierte Estébanez— donde los estereotipos, los mitos y las creencias erróneas no sean lo único que una joven pueda encontrar en la red cuando googlea; pasa, sin duda, por concebir y construir nuevos mensajes, modelos, espacios virtuales y presenciales; por alzar nuestras voces individuales y colectivas».

Pudiera parecer utópica una lucha contra la violencia de género en Cuba llevada al plano de las TICs, cuando solo cerca de un veinte por ciento de nuestra población accede a ellas. Sin embargo, es esta solo una proyección del movimiento contra los patrones machistas, violentos y discriminatorios que viven las mujeres en el plano real y que, como era de esperar, se propagan también en las redes.

Alma Mater realizó una encuesta sobre la violencia de género y las nuevas tecnologías a un grupo de estudiantes de diversas especialidades de la Universidad de Camagüey. Si bien los resultados no revelan alertas, exponen variedad de criterios.

De los 28 hombres analizados ninguno admitió violentar a su pareja, aunque diez de ellos confesaron controlarla a veces. De igual forma, la mayoría negó haberla acusado de infidelidad, chequear su móvil o redes sociales o pedir que «cortara» relaciones con familiares y amigos.

Por su parte, de las 30 mujeres abordadas, tres afirmaron haber sido violentadas por su pareja, diez asumieron estar controladas constantemente por sus novios; siete de ellas fueron acusadas de infidelidad o de actuar de manera sospechosa; ocho revelaron que sus compañeros les chequean el móvil siempre, y siete advirtieron sobre la imposición de ellos para que dejaran de tratar a familiares, amigos o compañeros.

Vale resaltar que ninguna de las personas interrogadas asintió haber pedido a su novia filmar o tomar fotos en momentos de intimidad, así como acceder a tal solicitud. Aunque no se reveló en la muestra encuestada, algunos de los videos eróticos de muchachas cubanas que circulan hoy, lo hacen desde, o mediante las comunidades universitarias.

Notas:

1. M.sC. Dunia M. Ferrer Lozano, Dra. Norma Vasallo Barrueta y Dra. María L. González Ibarra en Violencia psicológica en parejas. Propuesta de intervención psicosocial

2. Ianire Estébanez en Del amor al control del amor al control a golpe de clic. La violencia de género en las redes sociales, 2012; consultada en el blog de la autora: minoviomecontrola.com

3. Citado por Helen Hernández Hormilla en La violencia de género se prolonga en las TICs, SEMLac 2015

4. Criterios de especialistas cubanas sobre violencia de género y TICs recogidos en SEMlac, 2015

5. Criterios de especialistas cubanas sobre violencia de género y TICs recogidos en SEMlac, 2015

Fuente: Revista Alma Mater

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