Educación y telenovelas

[24-06-2011]

Por: Lucía Rivadeneyra

Quien nunca en su vida haya visto una telenovela que lance la primera anécdota. Aunque sea de refilón, en alguna época de la vida hemos visto, si no una completa, por lo menos algún capítulo, aunque haya sido en la infancia, en la adolescencia, en la etapa adulta o en la senectud, en casa de algún amigo, vecino, familiar o en la propia.

Si las telenovelas han causado conmoción, su antecedente inmediato son las radionovelas. Caso clásico El derecho de nacer de Félix B. Caignet, en la Cuba de Batista. La crónica memorable del escritor Vicente Leñero, El derecho de llorar, da un panorama cáustico de cómo Cuba entera se paralizaba para oír capítulo a capítulo: "Sin distinción de sexo, los radioescuchas devoran los episodios. Los radios de cantinas, billares, cafés se transforman en panales humanos a la hora de la transmisión. Los empresarios de algunas fábricas se ven obligados a conceder permisos de media hora para que los obreros -en perfecta convivialidad con sus patrones- suspendan el trabajo y escuchen a Mamá Dolores gemir. “Perdóname Albertico, mi vida, perdóname que no te diga quién es tu verdadera madre, pero juré ante la Virgen de la Caridad del Cobre no decirlo nunca".

Independientemente de las mil y un modalidades de El derecho de nacer, en nuestro país (México): radionovela, películas, telenovelas en por lo menos tres versiones con todo tipo de variables (épocas, locaciones, actrices, actores), las telenovelas han ido transformándose en forma, por supuesto no en fondo. Si Cuba, a fines de los años cuarenta, se paralizaba para escuchar la radionovela, México, en los años ochenta vivió situaciones semejantes.

El final de Los ricos también lloran provocó, la noche del último capítulo, calles semivacías; además fue doblada a más de veinte idiomas y exportada a más de 150 países. Un verdadero fenómeno entre 1979 y 1980. El maleficio, a principios de los 80, producida por el llamado "señor telenovela" Ernesto Alonso incorporó lo que casi a todo el mundo le gusta, que lo asusten. Así, esta telenovela tocó temas de brujería y manejó cierto suspenso. Su final logró calles vacías.

Por su parte, a mediados de los ochenta, Cuna de lobos, escrita por Carlos Olmos, consiguió no sólo que golpearan en la calle a la malvada protagonista (María Rubio) confundiéndola con su personaje Catalina Creel, sino que obtuvo audiencias insospechadas. Se convirtió en la telenovela más exitosa a nivel nacional y cuando se ha exportado ha causado furor. La audiencia fue en aumento hasta que en sus últimos capítulos detenía las actividades nocturnas y, por supuesto, la noche del gran final generó soledad en las calles. Incluso, Guillermo Ochoa el lector de los noticieros nocturnos en esos años, apareció con un parche en el ojo, emulando a la malvada Catalina. Y, "aunque usted no lo crea" para él, ésa fue la "noticia de la noche".

Algún otro caso: una telenovela protagonizada por Lucía Méndez, Colorina, donde se guardó el secreto de quién era el verdadero hijo hasta el último capítulo, lo cual generó que miles estuvieran al pendiente del final. Hubo otra, Gabriel y Gabriela , que ¡oh, sorpresa! tuvo un final abierto y al terminar, en los primeros minutos del noticiero 24 horas, que conducía Jacobo Zabludowsky, le tomaron una llamada a Manuel "Loco" Valdés quien se quejó amargamente de que lo habían dejado sin saber quién había sido el galán elegido por la protagonista, que eso no se valía. Esto fue real.

Claro que hay niveles, a mediados de los ochenta, se corrió la voz de que el poeta Renato Leduc había muerto. Un reportero del periódico Excélsior fue a investigar y cuando comprobó que el gran Renato estaba más vivo que nunca, éste le dijo: "No me muero hasta que no me suban el sueldo en Excélsior. Así que aquí me tiene viendo una telenovela que es el colmo de la estupidez". Sí, el poeta veía telenovelas. Por supuesto, él estaba más allá del mal que del bien, así que no corría ningún riesgo.

A fines de los 90, hubo otra de TV Azteca y Argos comunicación, Mirada de mujer, la cual es uno de los mayores éxitos de esta televisora. Ésta, entre otras temáticas manejaba los triángulos amorosos, la presencia de una madre autoritaria, la opulencia económica, mujeres violentadas... pero tuvo una novedad: la protagonista, luego de que el marido la engaña, se separa, y se enamora de un hombre mucho más joven que ella; además, empieza a trabajar con remuneración. Como es de suponerse, las reacciones de los televidentes no se hicieron esperar: ¡cómo va a andar con un hombre si ella tiene tres hijos!, ¡es mucho mayor que él!... el asunto resultó un éxito.

6 Para tener una visión mucho más amplia de la participación de la mujer cubana en el escenario musical recomiendo la obra de la investigadora Alicia Valdés Cantero, Diccionario de mujeres notables en la música cubana, y uno de los últimos números de la revista Movimiento dedicada a las raperas cubanas.

A mediados del presente siglo, La fea más bella (adaptación de la telenovela colombiana Yo soy Betty, la fea), logra una de las audiencias más altas en la historia, en todas sus versiones, es decir, las que se han hecho a nivel mundial. En este melodrama queda claro que las "feas" pueden ser eficientes, talentosas y hasta volverse casi guapas. En este caso no podía faltar un final feliz.

En el siglo XXI, las telenovelas se han consolidado como una verdadera fuente de ingresos para las televisoras. Se hacen nuevas versiones de algunas que han sido muy exitosas, se compran los derechos de otras tantas, algunas latinoamericanas y se adaptan a las necesidades mexicanas. La población está acostumbrada a que termina una y sigue la otra. A ver a actrices y actores con varias décadas en el mercado, a estrellas fugaces, a personajes femeninos que son Barbies: miden alrededor de 1.70, pesan 55 kilos o menos, pero usan brassiere talla 32, copa D o H o Z. Aparecen unos cuantos galanes producto del gimnasio, con el famoso "lavadero" en el abdomen.

Llama la atención cómo, en alrededor de sesenta años, los hacedores de este género tienen -al parecer- como objetivo perenne reforzar estereotipos, incorporar escenas de violencia, sexualidad y violencia sexual. Han intentado introducir temas como sida, drogas, aborto, control de la natalidad, machismo, etcétera, pero...

Para ver qué tanto se ha cambiado, valdría la pena echarle un ojo a El triunfo del amor, nombre por demás "original", que se transmite, actualmente, en el horario estelar de la barra nocturna de "El canal de las estrellas" (Univisión). Y si llama la atención de alguien que no acostumbra ver este tipo de programación es, entre otras cosas, porque el nombre de uno de los personajes no lo inventa ni Luis Buñuel: María Desamparada .

La historia es una variación sobre el mismo tema telenovelero de siempre, con ligeras alteraciones. Como suele ocurrir, si se ven tres o cuatro capítulos es como si se vieran 200.

Lo clásico: la sirvienta de largas trenzas se enamora del hijo de la patrona; el hijo se va de cura; la joven queda embarazada, tiene una hija que se le extravía al ser víctima de un accidente y va a un orfanato. La madre del cura es católica de manera patológica (quizá, sociópata); muchos años después, la madre soltera aparece con la familia que ha formado, además se ha convertido en la reina de la moda; sin embargo, el mundo alrededor de ellos es horrible. Poco a poco surge una larga cadena de odios, crímenes, accidentes, traiciones, fraudes, engaños, alcoholismo, entre otras cosas.

Por otro lado, los personajes femeninos mientras más seductores aparezcan más malos son; algunas mujeres, la mayoría del elenco, son Barbies, y si se embarazan no quieren a los hijos o los abandonan, o le quieren "bajar" al marido a la primera que se les pone enfrente. Si una mujer no desea un hijo es que es una desequilibrada mental, que no merece un buen hombre. La maternidad continúa como eje fundamental para que las mujeres se vuelvan sublimes y si no es así, las vuelven locas. Si los personajes no funcionan los matan, accidentes hay muchos. Llama la atención que aquí no hay triángulos amorosos sino pentágonos o hexágonos o casi, casi, dodecaedros.

De pronto, un hombre es galán de más de tres, padre de más de dos; otra es madre de tres, pero en realidad de dos, una que nadie conoce y otra que sí. Uno cree que tiene un hijo, pero en realidad es su hermano. Otros se dedican a hacer la corte. María Desamparada no sabe quiénes son sus padres, sus padres no saben que ella es su hija... Y si alguien lo sabe no revela el secreto, ya sea por ser de confesión o no o porque es una forma de control y de poder. ¡Ah! y casi todos los poderosos o semipoderosos tienen los ojos azules o verdes o, por lo menos, son güeros (rubios), naturales o no, pero güeros que viven en mansiones.

Y el otro sector, siempre el extremo, que vive en una vecindad y, como a Pepe el Toro, un día se les incendia. Lo bueno es que los pobres son pobres, pero son muuuuy felices y solidarios, siempre y cuando ningún rico los corrompa. Durante varios meses no se sabe de qué vive María Desamparada. Pero un buen hombre que odia a la ex novia ¡porque abortó! se enamora de la desamparada porque ella al querer a su hijo, sí vale. (Y no se trata de El derecho de nacer).

La sorpresa inconcebible: Cuauhtémoc Blanco, el futbolista machín que le gritó a una mujer árbitro "vete a lavar los platos" aquí debuta como actor. Y el humor involuntario: es bombero, aficionado al América, alcohólico que se muere, no obstante, los productores deciden revivirlo, ¿y qué creen que pasa después?: pues deja de beber. Su personaje es tan machín que cuando, en la telenovela, un tipo intenta violar a una joven él le dice, luego de salvarla, claro: "¿Pues qué andaba haciendo tan tarde y tan sola?", "Venía de la escuela", contesta ella. Y la santa madre de Cuau, que hasta "limpias" sabe hacer, es nada más y nada menos que Carmen Salinas, la ex Corcholata de las películas de ficheras de los setenta.

Es muy probable que ante el panorama que las telenovelas han ofrecido desde su creación, sean lo que dijo Alonso Lujambio, el secretario de Educación pública, un "instrumento poderoso para abatir el rezago educativo y el analfabetismo", toda vez que la "caja tonta puede ser la más lista". (¿Por qué tendrá tanto miedo del lenguaje? Ni siquiera se atreve a decir caja idiota sino caja tonta).

Cuando se pensaba -¿o se piensa?- que las telenovelas estaban dirigidas a las mujeres, se demostró lo contrario en 1977 con Rina, primera telenovela nocturna, estelarizada por Ofelia Medina y Enrique Álvarez Félix. Con ella se inició el complemento de la educación futbolera de los caballeros. El rating que alcanzó por el público masculino fue memorable.

Quizá por eso el señor secretario piensa que la televisión puede ser una caja lista. Quizá, sí, cuando un secretario de educación tenga un principio de realidad, experiencia en la educación pública, es decir, que la haya vivido, la conozca, y tenga visión de Ulises, para armar con las televisoras -entre otras posibilidades- un proyecto auténtico, asesorado, con objetivos que no sean de sometimiento y de revalidación de estereotipos caducos, clasistas, racistas, machistas. No hacer telenovelas para "jodidos", pues. Y no pensar sólo en el fenómeno mediático. Quizá, entonces, los seres humanos que conformamos este país tengamos una caja inmensa de ideas en la cabeza. Quizá.

Tomado de Mujeres.Net


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Helen Hernández Hormilla

hormilla@gmail.com

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