Ponerse las gafas violetas… Esa fue la expresión que usó Gemma Lienas en su libro “El diario violeta de Carlota” para referirse a lo que hizo la protagonista de sus páginas: colocarse un filtro diferente para observar el mundo. Animada por su abuela, Carlota se coloca las gafas y descubre que las realidades cotidianas que le parecían incuestionables ahora le resultan injustas. Como a ella, le ocurrió a las cinco protagonistas de este texto: se pusieron las gafas y ya no hubo marcha atrás.

Los tiempos son importantes para el feminismo. El 26 de abril de 2018 conocimos la sentencia a “La Manada”, 9 años por un delito de abuso sexual en lugar de los 24 años que pedía la Fiscalía. El juicio se desarrolló cinco meses antes, por una violación sucedida en 2016[1]. Unas horas bastaron para que el movimiento feminista organizara en las grandes ciudades españolas concentraciones que gritaron un “yo sí te creo” unánime. Pocos días después apareció el hashtag #Cuéntalo y las redes sociales se inundaron de miles de testimonios personales contando agresiones y episodios misóginos.

Justicia patriarcal. Así es como llaman las asociaciones feministas a lo sucedido con en el juicio de La Manada, el grupo de cinco jóvenes acusados de haber violado en grupo a una chica de 18 años en San Fermín en 2016. El movimiento feminista ha sido muy crítico con algunos medios de comunicación y algunos actores judiciales porque consideran que se está cuestionando y juzgando el comportamiento de la víctima y no de los agresores. Cientos de personas se han concentrado frente al Ministerio de Justicia de Madrid y han recorrido varias de las calles más céntricas de la capital para protestar contra el tratamiento del caso con lemas como #LaManadaSomosNosotras o #YoSíTeCreo.

A la luz de la pantalla el rostro de Ailín Valenzuela parece el de un fantasma abatido. La amiga que la acompaña a la zona wifi pregunta qué le ocurre. Ailín le pasa el móvil con el último chat de Facebook.

Información adicional