Los modestos avances en materia de derechos (modestos por sus alcances y por la "evolución" agónicamente lenta) se entremezclan con las marcas más crudas de la sociedad patriarcal como los femicidios y las violaciones, que no decrecen. Si no fuera trágico, se podría decir que es irónico.

En este contexto, los medios de comunicación se transformaron en el "campo de batalla" del feminismo del lobby parlamentario, el feminismo que se conforma con "algunos derechos para algunas mujeres, porque peor es nada". Dicho así puede sonar demasiado duro y maximalista, pero al celebrar pequeñas concesiones se dejan de lado, simultáneamente, las demandas urgentes y profundas de la mayoría de la mitad del mundo. La sobrerrepresentación femenina en el empleo precario, en las tasas de pobreza; la diferencia entre la vida y la muerte que significa la penalización del aborto, por solo nombrar algunas.

Como bien saben los miembros del Consejo Nacional de la UNEAC y los delegados a los últimos Congresos de la UNEAC, desde hace muchos años he venido interviniendo argumentadamente contra el economicismo pragmático e inescrupuloso que va en busca de ganancias a cualquier precio moral o cultural o incluso político e ideológico, y en especial contra el uso de la imagen de la mujer cubana, sobre todo la mulata joven, como objeto sexual destinado a atraer el turismo extranjero y fomentar el consumo de productos y servicios ligados a situaciones turísticas.

El uso de la mujer cubana como objeto erótico para estimular el turismo y el consumo no es un invento de empresarios y especialistas de marketing cubanos de los últimos 25 años: la publicidad de las empresas capitalistas prerrevolucionarias, imitando modelos estadounidenses y europeos, recurrió regularmente al mismo hasta los primeros años del triunfo revolucionario. Los menos jóvenes recordarán, por ejemplo, la asociación imaginal de un voluminoso trasero femenino y los cigarros Partagás bajo el denominador común de "una tonga de gusto", o postales que anunciaban la "clara, ligera y sabrosa" Cristal de la manera siguiente:

Cuando aparecen las primeras escenas del largometraje Vestido de novia, de la realizadora Marilyn Solaya, se recrean momentos de la cotidianidad de una pareja, son escenas que convierten ese día a día en una de las claves más importantes del filme.

Rosa Elena (Laura de la Uz) y Ernesto (Luis Alberto García) conforman una pareja que se ama, sobrellevan las carencias de lo cotidiano con la belleza del amor que se profesan, son unos recién casados felices, aunque el padre de ella (Pancho García) se encuentre aparentemente inválido y ello exija atenciones y mucho trabajo. Son esos momentos en los que la directora se posiciona para construir una de las tesis que atraviesa toda la película: el espacio doméstico como ejercicio de violencia invisible que somete "naturalmente" a las mujeres a roles y un "deber ser" que las aniquila en otras libertades esenciales.

COMUNICAR IGUALDAD- Semanas atrás fue publicado el libro Tránsitos de la mirada, editado por Paulina Bettendorf y Agustina Pérez Rial y publicado por Editorial Libraria. Su trabajo contiene textos y ensayos que apuntan a visibilizar la inserción de las mujeres en el cine en el rol de directoras a lo largo de la historia. Incluye, además, una serie de entrevistas a cineastas que aportan su mirada sobre dicho cine, lo que éste significa para ellas, sus propias experiencias en la industria cinematográfica y su manera de entender la relación de las mujeres con el cine.

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