A muchos irrita la etiqueta que asegura la existencia de algo así como una literatura femenina. Sin duda es un compartimento obcecado, absurdo, necio. Lo que no se puede negar es que existe una literatura escrita por mujeres. La poeta y traductora Clara Janés reflexiona en el ensayo Guardar la casa y cerrar la boca (Siruela) sobre
la historia de esas autoras.

Hay formas contradictorias de ser libre. Están quienes optan por encerrarse en un convento, como Santa Teresa, o quienes, despojadas de un lenguaje y una visibilidad, se las arreglaron para confeccionar –y hacer oír- su propia voz. Ocurrió con las mujeres japonesas, a quienes se les asignó una caligrafía más simple que la masculina y que
sin embargo, consiguieron –justamente gracias a eso- producir una poesía más esencial. Es ahí, en el combate entre tener y conquistar, entre conseguir y crear, donde este ensayo cobra sentido.


Desde hace un tiempo existe un ataque en las redes sociales que tiene como víctimas principalmente a mujeres y es ejecutado, la mayoría de las veces, por sus parejas despechadas tras una ruptura o infidelidad: subir fotos o videos eróticos sin autorización de ellas. Se conoce como Revenge Porn o Porno Venganza y este es el relato de varias chilenas que han pasado por esto.

A las siete de la mañana del 5 de enero de 2014, sonó el celular de Francisca (su nombre ha sido cambiado). Era domingo, por lo que le extrañó la llamada. Nunca imaginó que las pocas palabras que escuchó tras el teléfono la llevarían al infierno: "Flaca, ojo, alguien está subiendo fotos muy privadas a tu facebook", le advirtió un amigo desde Puerto Montt.

Los modestos avances en materia de derechos (modestos por sus alcances y por la "evolución" agónicamente lenta) se entremezclan con las marcas más crudas de la sociedad patriarcal como los femicidios y las violaciones, que no decrecen. Si no fuera trágico, se podría decir que es irónico.

En este contexto, los medios de comunicación se transformaron en el "campo de batalla" del feminismo del lobby parlamentario, el feminismo que se conforma con "algunos derechos para algunas mujeres, porque peor es nada". Dicho así puede sonar demasiado duro y maximalista, pero al celebrar pequeñas concesiones se dejan de lado, simultáneamente, las demandas urgentes y profundas de la mayoría de la mitad del mundo. La sobrerrepresentación femenina en el empleo precario, en las tasas de pobreza; la diferencia entre la vida y la muerte que significa la penalización del aborto, por solo nombrar algunas.

Como bien saben los miembros del Consejo Nacional de la UNEAC y los delegados a los últimos Congresos de la UNEAC, desde hace muchos años he venido interviniendo argumentadamente contra el economicismo pragmático e inescrupuloso que va en busca de ganancias a cualquier precio moral o cultural o incluso político e ideológico, y en especial contra el uso de la imagen de la mujer cubana, sobre todo la mulata joven, como objeto sexual destinado a atraer el turismo extranjero y fomentar el consumo de productos y servicios ligados a situaciones turísticas.

El uso de la mujer cubana como objeto erótico para estimular el turismo y el consumo no es un invento de empresarios y especialistas de marketing cubanos de los últimos 25 años: la publicidad de las empresas capitalistas prerrevolucionarias, imitando modelos estadounidenses y europeos, recurrió regularmente al mismo hasta los primeros años del triunfo revolucionario. Los menos jóvenes recordarán, por ejemplo, la asociación imaginal de un voluminoso trasero femenino y los cigarros Partagás bajo el denominador común de "una tonga de gusto", o postales que anunciaban la "clara, ligera y sabrosa" Cristal de la manera siguiente:

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