Conocíamos a Dory, la pez desmemoriada, valiente y aguerrida por ser una de las protagonistas de Buscando a Nemo(Andrew Stanton, Lee Unkrich, 2003). La película tenía mucho de la era pre-Brave—barracuda que se merienda casi en el fotograma número uno a la madre de Nemo— y no superaba el Test Bechdel.

A ver, el Test Bechdel, ¿han oído hablar de él?, ¿no?, ¿debo reñirles un poco por ello?, ¿soy yo quién para reñirles?, ¿me hubiera gustado a mí que me riñeran por no conocer el Test Bechdel cuando aún no lo conocía? Y otra cosa, ¿les hablo del test o les cuento quién es Bechdel? Oh, está bien, vale, vale, vale. Empecemos por el principio.

Las mujeres estamos sub-representadas en todos los medios de comunicación. ¿Qué significa esto? Que cada vez que leés un diario, mirás el noticiero o te enganchás con una película, la probabilidad de que aparezca la historia, experiencia o testimonio de una mujer es bajísima.

Según un monitoreo de medios que se hace en más de cien países cada cinco años, sólo el 24% de las personas sobre las que leemos en los diarios o escuchamos en la radio y la TV son mujeres, lo que significa que más de 3 de cada 4 personas en las noticias son varones.

Ser lesbiana es peligroso. Eso es lo que dan a entender los finales trágicos que sufren en las series de televisión. Tras la muerte de Lexa, una de las protagonistas lesbianas más queridas por la audiencia de Los 100 el pasado marzo, el colectivo lesbiano y bisexual se ha movilizado. La denuncia es clara: la industria televisiva mata desaforadamente a las lesbianas, a menudo de forma muy violenta. Desde entonces, las muertes de las lesbianas en las series han ido in crescendo hasta alcanzar las 15 en lo que va de año. Felicity de la serie The Catch, recibe el disparo de un hombre, Camilla de Empire muere envenenada y Mimi Whiteman de la misma serie corre igual suerte. Nora y Mary Louise de Crónicas Vampíricas directamente se suicidan. No es de extrañar viendo el panorama.

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