Si se hiciera un estudio demográfico de la programación de la televisión cubana arrojaría como definición que la isla es un país de mujeres y hombres blancos, jóvenes y en su mayoría bien parecidos. Si ese mismo estudio realizara un análisis más profundo, tendría como resultados una televisión ajena a un proceso de creciente mestizaje y, sobre todo, de espaldas a la realidad de una nación inmersa en un acelerado proceso de envejecimiento.

Días después del estreno en los cines de La Habana de ¿Por qué lloran mis amigas?, la película cubana exhibida recientemente y dirigida por Magda González Grau, recomendé a una amiga que fuera a verla y, como puse mucho énfasis en mi recomendación, quiso saber mis motivos. Yo habría preferido no decirle nada para evitar crear expectativas y, sobre todo, porque me interesaba que ella me comentara el filme sin conocer mi lectura personal. Me dijo que le habían contado que se trataba del reencuentro de cuatro amigas, tras muchos años, y que estaba muy amena. No pude contener un alud de razones para oponerme al instante a un comentario que para nada hacía justicia a lo que para mí significó esa hora y dieciocho minutos que pasé sentada frente a la pantalla del cine Acapulco.

Tome unas gotas de Amarige de Givenchy. Un poco de crema antiarrugas de Clinique. Una porción de extracto revitalizante para el cabello de L’Oreal. Mézclelo cuidadosamente para que no haga grumos. Distribúyalo sobre un cuerpo femenino de l .80 metros con 90, 60, 90 cms. de pecho, cintura y caderas respectivamente, preferiblemente blanco y rubio. Si no encuentra fácilmente este producto en el mercado puede recurrir sin remordimientos a silicona y colágeno, extraer algunas costillas o realizar lipoescultura. Salpimiente con algo exótico a gusto.

Cueza a fuego lento en un caldo con algo de consumismo, fin de las ideologías y la historia u otras hierbas... Sirva enfundada en Dona Karan, Agata Ruiz de la Prada, Dior, Armani de acuerdo a su presupuesto.

Cuba y su ciudadanía han experimentado un crecimiento exponencial en su conectividad a Internet. Incluso, algunos informes y reportes de prensa internacionales ubican al país entre los de mayor penetración digital e incursión en redes sociales en los últimos años.
A esta creciente navegación nacional por Internet, se agrega la disponibilidad de aplicaciones móviles, que colocan un considerable cúmulo de información y mensajería instantánea en una mirada pública. Se incluyen también en este entorno la creciente presencia de redes informales como la Street Network (SNet), que generan flujos subterráneos de datos e intercambios comunicacionales. 

Bajo este panorama, usuarios de ambos sexos entran desenfrenadamente, casi vírgenes, en un mundo virtual nuevo, desconocido. No valoran el escenario ni los latentes riesgos. Y especialmente ellas no esperan ser acosadas, observadas, valoradas, dispuestas a un escrutinio digital constante y vergonzoso.

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