Desde las concepciones platónico-aristotélicas, reproducidas por Tomás de Aquino y filósofos posteriores, la mujer-madre aspira y anhela unirse al varón, buscando colmar su “insuficiencia óntica” con la integridad, la completud del ser masculino. Según este pensamiento, sin el varón como la materia prima, la mujer permanece soltera en su ser carencial e imperfecto. Por eso, debe unirse a él en matrimonio y constituir una unión social en la que ella debe estarle subordinada.

La soledad es, antes que un concepto, un estado de ánimo, un sentimiento, además de una circunstancia personal determinada. Pero ¿es estar solo sinónimo de sentirse solo? ¿O vivir solo es lo mismo que estar aislado o ser solitario?

Estudiar con detenimiento la presencia femenina en el devenir de la fotografía cubana es una de las asignaturas pendientes de la historia de mujeres. Sus representaciones han sido acaso un poco más debatidas, pero no ha sido así con su impronta en el oficio.

La aparición de artistas como Cirenaica Moreira, Martha María Pérez y la cubanoamericana Ana Mendieta entre las décadas de 1980 y 1990 contribuyó a forjar un mito alrededor de las mujeres que se dedican profesionalmente a la fotografía creativa. Desde marcadas diferencias conceptuales, ellas tomaron la autorrepresentación de la feminidad y la maternidad como principal punto de partida. "Performances", concebidos e interpretados por ellas mismas, y la construcción explícita de escenas o personajes para ser fotografiados mediante distintas técnicas, forjaron la identificación de un estilo en sus disímiles series, casi todas muy polémicas para sus contemporáneos.

Me he aproximado a los temas de literatura y género por intuición y hambre de justicia. También porque me apasiona "observar" la realidad múltiple y llena de matices que me circunda para desde ahí "tomar parte", es decir "participar". Con esta certeza explico las razones que me han acercado desde mi condición de comunicadora y de mujer que mira "atentamente" su realidad, su contexto y, por supuesto, el quehacer intelectual y humano de sus contemporáneas al ejercicio de pensar qué han aportado las mujeres al discurso de género desde su creación literaria.

No sé por qué extraña razón, cuando se habla de mujer y creación intelectual, de modo general, y en particular en la literatura, siempre lo asocio a las "crisis", entendidas no solo como la vivencia de circunstancias negativas o la máxima expresión de un problema sino, sobre todo, como la oportunidad de crecer y superar contradicciones. Las crisis no necesariamente son señales de deterioro, sino que suponen riesgos y conquistas, y por tanto, son motores impulsores de los cambios.

Mientras Cuba añora el progresivo aumento de los índices de natalidad y los medios de comunicación se esfuerzan por significar las bondades del programa materno-infantil en el país para lograr quizás un mayor incentivo en las mujeres, el fenómeno no se devela tan sencillo. La práctica periodística exige mayor acercamiento a las necesidades y preocupaciones de las cubanas en edad fértil.

El reloj marcaba la 1:30 de la tarde. Ni la leve brisa que se escurría por las ventanas de la angosta salita de espera del consultorio distraía la ansiedad de cinco mujeres, cuatro de ellas embarazadas, en espera de la llegada de la ginecóloga, quien había anunciado desde el mediodía por vía telefónica su retraso.

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