Celebro y recibo con beneplácito a las personas que se consideran feministas, aunque prefiero no etiquetar y simplemente hacer en pos de un bien común, en este caso, la relación de equidad y respeto entre hombres y mujeres. Nunca me he denominado feminista aunque sí considero tener activado el chip de la perspectiva de género, lo que me hace percatarme de cosas a veces imperceptibles para otras personas.

La prensa, la radio y la televisión han hecho de la violencia uno de sus temas preferidos. A decir del investigador español Vicente Romano1, además de estar siempre presente en las noticias y documentales, la violencia es tema frecuente de filmes, series televisivas y novelas. Romano explica que hablar de violencia en los medios de comunicación es referirse a la representación de la violencia física en estos, o lo que es lo mismo: la violencia simbólica. Cita al comunicólogo alemán Harry Pross, quien ha desarrollado y aplicado dicho concepto en relación con el proceso de socialización y comunicación, y define la violencia simbólica como “el poder para imponer la validez de significados mediante signos y símbolos de una manera tan efectiva que la gente se identifica con esos significados”3.

Con la implementación del Plan de estudios D en la Facultad de Comunicación (FCOM), de la Universidad de La Habana, se institucionalizó la disciplina Comunicación y Desarrollo, la cual agrupa asignaturas relacionadas con ambos perfiles e incluye temáticas como comunicación educativa, nuevas tecnologías, desarrollo local, medio ambiente, salud, género, entre otras.

Tengo un hijo de cuatro años y, como toda madre responsable, intento controlar los productos audiovisuales a los que se expone en esta era de tantos medios tecnológicos. A veces me siento tirana, privándolo de la mayoría de los espacios televisivos infantiles; sin embargo, mi labor de censura se queda corta ante tanto contenido violento, sexista, discriminatorio y excluyente.

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