Primer plano: el campo y a lo lejos una mujer que se acerca. Segundo plano: la mujer habla y pareciera que el (o la) periodista la interroga a la fuerza, en vez de entrevistarla. Tercer plano: se le ve de cerquita el rostro arrugado, la piel quemada y las manos toscas, mientras una voz en off reproduce un discurso mil veces escuchado a partir del cual, tras las frases de “mujer aguerrida” o “trabajadora ejemplar”, una suele quedarse con la imagen de que inspira lástima.

Las investigaciones en materia de género y comunicación se han triplicado en los últimos años en Cuba. Resulta una verdad alentadora, pues, al parecer, los medios aprenden a mirarse desde un enfoque más participativo.

Según una pesquisa reciente, la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana realizó, en los últimos dos años, más de diez tesis relacionadas con los estudios de género, similar cantidad a la alcanzada de 1987 al 2007. Con esto pudiéramos pensar que los intereses institucionales y científicos por abordar estas nociones se multiplican.

Los prejuicios sobre el feminismo son abundantes en la sociedad cubana. Estos discursos tienen, por lo general, muy mala aceptación en el país. Las personas que se consideran feministas con frecuencia se ven inmiscuidas en discusiones sobre por qué es importante esta lucha y qué es lo que la hace justa, intentando despejar malas interpretaciones y extremismos asumidos en relación al hecho de ser feminista en la Isla.

En la actualidad el requerimiento de la igualdad de género se ha ido extendiendo cada vez más hacia todos los ámbitos del Estado, las instituciones gubernamentales y las cardinales instancias políticas. Desde el empoderamiento femenino en los principales puestos decisores de diversos países del mundo y tras el arribo de varios gobiernos revolucionarios y progresistas, el discurso político actual adquiere una nueva significación, toda vez que incluye múltiples modalidades semánticas y sintácticas en función de la paridad de hombres y mujeres.

Cuba integra ese panorama de inserción de nociones de igualdad en sus diferentes esferas de acción pública. Frente a tal contexto, cada uno de los distintos sectores del Estado gradualmente avanza en su propio proceso de institucionalización de la dimensión de género.

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