La necesidad de reflexionar sobre la problemática de género, y de articular acciones que garanticen la sosteni­bilidad de los resultados alcanzados hasta hoy y que además ayuden a seguir avanzando, no ha perdido vigencia. Entre los beneficios que puede reportar este tipo de esfuerzos se encuentra mejorar la salud de mujeres y hombres. Una de las vías que es posible utilizar para lograr esa meta radica en la comunicación.

El cine, desde sus inicios, fue un predio masculino. Sólo algunas especialidades como la edición, que precisa habilidades manuales parecidas al corte y costura, estuvieron abiertas al sexo femenino. El peso y la dimensión de las cámaras, las luces y los equipos de grabación hacían casi imposible que las mujeres trabajaran en especialidades como la fotografía y el sonido.

La humanidad, desde sus orígenes, necesitó plasmar en diversos soportes todo lo que acontecía a su alrededor, en la naturaleza y en sí mismo; dejar constancia de su paso por el mundo. La fotografía resultó, en el devenir histórico, una de las sendas por las que el ser humano testimonió su evolución.

Cuando se aborda el tema de las mujeres, y de los múltiples dilemas por los que ellas atraviesan, se debe tener en cuenta a qué tipo de mujer estamos haciendo referencia, pues sus realidades no son únicas, ni similares, aún cuando estemos abordando temas comunes como el de la autoestima y su reflejo en los medios de comunicación.

El análisis sobre este asunto debe ser múltiple, diverso, en tanto en él influyen la raza, la clase social, la orientación sexual, el contexto en que la mujer vive, entre otros factores determinantes. Aunque las situaciones en torno a la autoestima sean expresadas a través del arte, de la producción audiovisual, del cine o del humor, no podemos quedarnos en el análisis superficial de la problemática, como ocurrió durante la proyección televisiva de la película Desmelenada[1], el pasado 16 de marzo, en el espacio Espectador Crítico del Canal Educativo.

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