Llegó junio y los medios de comunicación, en esos pequeños segmentos, espacios, que escapan de la contingencia de la COVID-19, vuelven los ojos al cambio climático y a la gestión de desastres. En un periodismo signado históricamente por las celebraciones y el calendario, el Día Mundial del Medio Ambiente no ha quedado este año fuera de las agendas editoriales.

Las feministas hemos asumido la disputa del escenario público y mediático, no solo para denunciar la opresión de las mujeres, la desigualdad y las violencias del patriarcado, sino también para luchar por otro sistema de relaciones, construir nuevos significados y maneras de decir.

A medida que el planeta acumula meses de desgaste por obra y gracia del nuevo coronavirus, se hace evidente que, además de contingencia sanitaria de enormes proporciones, estamos ante una crisis que provoca –y provocará- una conmoción profunda en las economías, los modos de organización social, la salud mental de las personas, la educación, la cultura y, por supuesto, la comunicación.

En primer lugar, porque si bien entraña una realidad dolorosa: cualquiera puede ser víctima; también ha confirmado con creces que las desigualdades que ya existían antes de la aparición de la enfermedad pueden definir las maneras en que diferentes personas son afectadas de acuerdo con su género, su edad, su raza o etnia, su posición social, la zona geográfica en que viven e, incluso, la religión que practican, por citar algunas de las múltiples intersecciones existentes. Como ha detallado en días recientes un informe de OXFAM[i], la pandemia no discrimina, pero las desiguadades sí.

Las escritoras cubanas Marilyn Bobes (Premio Casa de las Américas en dos ocasiones) y Mirtha Yáñez (galardonada varias veces con el Premio de la Crítica) abrieron en el año 1996 la posibilidad del debate acerca de la existencia de un discurso femenino en la literatura cubana con la antología Estatuas de Sal (Ediciones UNION).  

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