“El gran cambio que la región necesita con urgencia está en acelerar el logro de los derechos en salud sexual y derechos reproductivos”. La afirmación fue una de las abrumadoras conclusiones de la Tercera Reunión de la Conferencia Regional sobre Población y Desarrollo de América Latina y el Caribe, celebrada en días recientes en Lima, Perú; y que colocó sobre la mesa de diálogo, una vez más; la triste paradoja del ciclo de la desigualdad en este lado del mundo.

A pesar de que para muchos especialistas la cinematografía siempre ha sido machista, patriarcal, un ambiente de y para hombres, a partir del triunfo revolucionario en Cuba, de manera muy paulatina, comienzan a llegar mujeres a los espacios de hacer cine. Sin embargo, no es hasta la década de los 70 que comienzan a aparecer productos que reflejan las problemáticas de ellas en la nueva sociedad.

El quehacer fotográfico ha estado históricamente marcado por la prevalencia de la cultura hegemónica patriarcal. Esta ha sido una práctica que, a través del lenguaje artístico, ha reflejado la fuerza de un sistema de dominación machista que ubica a las mujeres, y a lo femenino en sentido general, en una posición de vulnerabilidad total en tanto les invisibiliza, excluye, ridiculiza y oprime haciendo alusión a lo tradicionalmente “bello”.

Si se hiciera un estudio demográfico de la programación de la televisión cubana arrojaría como definición que la isla es un país de mujeres y hombres blancos, jóvenes y en su mayoría bien parecidos. Si ese mismo estudio realizara un análisis más profundo, tendría como resultados una televisión ajena a un proceso de creciente mestizaje y, sobre todo, de espaldas a la realidad de una nación inmersa en un acelerado proceso de envejecimiento.

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