Las escritoras cubanas Marilyn Bobes (Premio Casa de las Américas en dos ocasiones) y Mirtha Yáñez (galardonada varias veces con el Premio de la Crítica) abrieron en el año 1996 la posibilidad del debate acerca de la existencia de un discurso femenino en la literatura cubana con la antología Estatuas de Sal (Ediciones UNION).  

¿Tienen los hombres un mayor sentido del humor que las mujeres? ¿Por qué existen en Cuba y en el mundo pocas mujeres que se dediquen al humor? ¿Siempre fue así? Estas preguntas fueron eje motivador del II Taller Nacional Prensa, Humor e Identidad, celebrado en enero en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

Pañuelos verdes por el aborto, campañas publicitarias que coquetearon con la búsqueda de la equidad, abanicos rojos por la inclusión de las mujeres en el cine, vestidos naranjas contra la violencia de género, la confirmación de las redes sociales como herramientas para estas batallas, el despertar de las gamers, “El violador eres tú”, repetido por todo el mundo. 2019 fue un año bien movido en asuntos de género y comunicación.
Desde América Latina hasta Europa, campañas, proyectos, iniciativas, denuncias y soluciones se abrieron paso en un mundo donde todavía queda mucho por hacer en materia de igualdad de género. La lista de errores, acosos, sexismos y discriminaciones que pobló medios de prensa, cine, videojuegos, publicidad, deporte y muchos otros espacios de la vida pública es tanto, o más larga, que la de las acciones en su contra. Sin embargo, no fue poco lo que se avanzó y bien vale la pena hacer recuento de los mejores ejemplos.

Hay personas detrás de los discursos mediáticos. Y, en esas personas, tantos estereotipos y subjetividades como en cualquiera. Pero la responsabilidad que asume quien firma un texto periodístico debería resultar suficiente para la exigencia de no ser “víctimas” de esos aprendizajes. Más a menudo de lo que se piensa, y mucho más a menudo de lo que se quiere, nuestros medios de comunicación son culpables de sostener los cimientos de la violencia machista.
Pasa a través de la pantalla, el dial, o en el amplísimo universo del mundo digital. Y pasa en los textos impresos, con el riesgo de que el error (y siempre clasificará como tal la mirada prejuiciada), sobreviva a su autor, al medio, quizás, y a la sociedad en que nació.

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