Cuba y su ciudadanía han experimentado un crecimiento exponencial en su conectividad a Internet. Incluso, algunos informes y reportes de prensa internacionales ubican al país entre los de mayor penetración digital e incursión en redes sociales en los últimos años.
A esta creciente navegación nacional por Internet, se agrega la disponibilidad de aplicaciones móviles, que colocan un considerable cúmulo de información y mensajería instantánea en una mirada pública. Se incluyen también en este entorno la creciente presencia de redes informales como la Street Network (SNet), que generan flujos subterráneos de datos e intercambios comunicacionales. 

Bajo este panorama, usuarios de ambos sexos entran desenfrenadamente, casi vírgenes, en un mundo virtual nuevo, desconocido. No valoran el escenario ni los latentes riesgos. Y especialmente ellas no esperan ser acosadas, observadas, valoradas, dispuestas a un escrutinio digital constante y vergonzoso.

La Chicharra, una radio comunitaria que promueve la participación de la ciudadanía para defender sus intereses y donde las mujeres son protagonistas activas de la comunicación, se escucha todos los días por la 88.7 de frecuencia modulada (FM), desde la localidad de Goya, perteneciente a la provincia argentina de Corrientes. Creada gracias al trabajo desarrollado por la Red de comunicadores populares en las ciudades de Goya y Lavalle, ubicadas en la orilla del río Paraná, La Chicharra resume una nueva forma de hacer radio y construir la oralidad pues la audiencia es al mismo tiempo protagonista y emisora del relato. Sus programas se discuten y construyen en asambleas, haciendo de ella, más que una radio, una relación comunicativa, política, organizativa y educativa.

En las últimas cinco o seis décadas los personajes femeninos en el cine latinoamericano han ido cambiando desde heroínas lacrimógenas, dependientes y estereotipadas hacia mujeres más fuertes, más visibles. Y aún cuando el camino ha estado repleto de trabas –que aún persisten- , los créditos del cine que se hace en nuestros países cada vez más, también, se pueblan de nombres de mujeres.

Mucho antes de que comprendan o aprendan a preguntar sobre su propia sexualidad ya son bombardeadas con mensajes que no pueden entender. Mucho antes de alcanzar la madurez para decodificar imágenes y contenidos ya son el público-protagonista de esta historia.

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