Amarrando las manos a la igualdad

Dainerys Mesa Padrón1. Especial para Género y Comunicación [13-04-2016]

Los conceptos de lo femenino y lo masculino nos conducen por la vida con más significación que ese cordón umbilical que nos mantiene latiendo nueve meses en los vientres de las madres. Y es que antes de tener dicho apéndice padecemos las funciones y las maneras de proyectarnos en el futuro.
Un eje importantísimo en esa moldura rígida sobre lo que significa ser niña o niño, muchacha o muchacho, hombre o mujer, gira en torno a la Educación. Este sistema se vale de los mensajes de los medios de comunicación, incluso cuando se trata de experiencias inoportunas. También los centros de difusión masiva muchas veces reflejan una enseñanza marcada por estereotipos.


Así se proyecta un círculo vicioso que solo se puede romper cuando uno de estos ejes cede en sus maneras de hacer, a favor de la igualdad y la diversidad.
Formas
Desde los jardines, círculos infantiles o guarderías de carácter particular, los niños y las niñas descubren las asignaciones que la cultura, en su posición hegemónica, ha pautado. La mayoría de ellas, acuñadas por los medios.
Aunque en las edades tempranas (aproximadamente hasta los tres años) el juego se produce de manera más espontánea, aparecen acciones guiadas por las educadoras, auxiliares o cuidadoras, que imprimen el sexismo.
Por ejemplo, cuando solicitan a las madres y a los padres implementos de apoyo a la enseñanza como los juguetes, a quienes tienen una niña les toca llevar una muñeca, mientras que a progenitores y progenitoras de los varones les corresponde un carro. Esta práctica, visible también en los hogares, responde al interés por despertar en las pequeñas el instinto maternal, imponiéndoles esa característica biológica como una obligación para con la sociedad; y dejando al margen el derecho de elegir en cuanto a la salud reproductiva que tiene cada mujer. Asimismo, excluye el incentivo de tales emociones en los pequeños, dejándoles la identificación de la paternidad para los momentos de la adultez.
Los objetos que atinadamente se construyen con la técnica de papier maché para recrear ambientes, básicamente representan el ámbito hogareño. Y, por supuesto, desde estos escenarios se inscriben espacios "indiscutibles" para las nenas. Aun cuando estas no saben ni pronunciar C-O-C-I-N-A correctamente, ya la tienen asignada como pertenencia. Si algún nene, por su parte, se interesa en el intercambio doméstico, enseguida le aclaran que están allí en condición de ayudante, pues "los varoncitos no juegan con ollas, no cocinan, no planchan, no lavan... ".
Comenzamos entonces, desde la etapa pre-escolar, a formar a hombres dependientes, inconscientes de sus responsabilidades individuales e ignorantes de sus capacidades para valerse por sí mismos. Para por fin romper con las ataduras impuestas a las madres, las hermanas, las abuelas, las esposas y hasta las propias parejas homosexuales. Proyecciones
En la medida en que avanzan los grados de enseñanza, se afianzan las actitudes aprehendidas y estereotipadas. Podemos constatar que generalmente en las elecciones pioneriles se vota por "una jefa de limpieza". Luego, cuando corresponde asear el aula, las tareas siempre aparecen repartidas así: los alumnos levantan las sillas, botan la basura y cargan el agua; las alumnas barren, sacuden y limpian.
Tanto en la familia como en las instituciones se normalizan comportamientos de violencia enfocados hacia los pequeños. A ellos, desde que nacen, se les inculca que "a las niñas no se les dan golpes, solo besitos". Me pregunto entonces si comprenden que les estamos dando permiso para maltratar a sus similares.
Junto a este, viajan otros mensajes relacionados con el deber de protección que adquieren ellos para con sus compañeras, a la vez que estas se subordinan a su protección.
Por otra parte, si analizamos los monitores o líderes en las distintas asignaturas, confirmamos una distribución esquematizada. En la mayoría de los casos las muchachas asumen las materias vinculadas con la literatura, las manualidades, la educación artística, la historia, mientras los muchachos se distinguen al frente del deporte, las matemáticas, las ciencias, la educación laboral.
Esta etiqueta, aparentemente ingenua en los espacios primarios de educación, comienza a delimitar ramas de estudio que se manifiestan luego en los momentos de optar por el nivel superior o los oficios a ejercer. Por eso nos siguen doliendo los oídos cuando escuchamos "carreras para hombres y para mujeres".
Los círculos de interés, por su parte, restringen sus espacios y también influyen en los temas de orientación vocacional. Las especialidades como bomberos, enfermería, gastronomía o veterinaria exhiben esta separación.
Resulta que desde las propias políticas reproducimos los roles pactados arbitrariamente como masculinos y femeninos. Analicemos el personal de los Círculos Infantiles. Casi la totalidad son mujeres, las cuales, como es de esperar, ocupan los puestos vinculados con la limpieza, la elaboración de alimentos y la atención a los y las bebés. En no todos los centros de este tipo trabajan hombres, pero cuando están, intervienen en las funciones administrativas y de mantenimiento.
Libertades
Sin aludir a comportamientos sexuales, los cuños impresos por quienes conducen la enseñanza legitiman también otras posturas vinculadas con la libre asociación, subrayando modelos erróneos y estigmas sexistas.
Para las actividades escolares muchas veces se convoca a que las niñas y los niños se trasladen de a dos; siendo las maestras o maestros quienes eligen estos dúos.
Los pares se conforman en correspondencia con los criterios de selección y la subjetividad de los instructores y las instructoras. Son siempre de una pionera y un pionero. Se les asocia por estatura, categorías de aprendizaje, raza... y otras tantas consideraciones; quedando nula la libertad de seleccionar a la compañera o al compañero de sesión por empatía, amistad o semejanza.
Desde otro punto de vista tropezamos con las caracterizaciones manidas para las y los estudiantes. Sobre ellas se dice que son más estudiosas, aplicadas, dedicadas, cuidadosas..., por eso obtienen mejores calificaciones. De los niños, se tiende a pensar que son despreocupados, menos estudiosos, menos constantes, más regados.
La realidad ha demostrado que tanto las competencias como el interés por desarrollarlas no distinguen entre varones y mujeres. No obstante, la vida y quienes tiran de sus hilos han establecido que las muchachas están en la casa estudiando o ayudando en el hogar, mientras los muchachos juegan en los espacios públicos. No nos asombremos al corroborar que las jóvenes que se gradúan como universitarias en Cuba representan una cifra mayor que la de los hombres.
Sin embargo, por mucho que les aporte un título con honores, se les impone una calificación de excelente entre las paredes de la casa, donde tomarán las dobles y las triples jornadas.
Muchos años pesan sobre esta balanza desequilibrada. Es tiempo de inclinarla Y para empezar, sería oportuno dar vuelta a los principios, estructuras, métodos y conocimientos de un sistema de educación que no se corresponde con los hombres y las mujeres que somos, y que debemos ser.

1 Licenciada en Periodismo. Reportera de la revista Alma Máter.

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