¿Es el techo de cristal también digital?

Por Cristina Pombo. Sem México [08-08-2018]

En cinco años podríamos trasladarnos a la oficina en automóviles sin conductor, pedirle al refrigerador que compre los víveres que le falten y tener robots como mentores en el aula. La tecnología al servicio de los ciudadanos tiene un potencial de beneficio social sin precedentes. Sin embargo, el ritmo de los avances tecnológicos contrasta dramáticamente con el de los avances en equidad de género.

Según el Informe Global de la Brecha de Género 2017 del Foro Económico Mundial, de continuar con el ritmo actual tendrían que pasar 100 años más para que hombres y mujeres alcancen la paridad en educación, salud y política. Pero en paridad económica faltarían 217 años -ni más ni menos-para cerrar la brecha de género en el lugar de trabajo. ¿A qué obedece la dispar velocidad en la que avanza la tecnología y el letargo en cerrar la brecha de género? El gráfico compara la representatividad de las mujeres y hombres en la fuerza laboral de doce sectores de trabajo y en sus puestos de liderazgo.

A pesar de que las mujeres representen más del 40 por ciento del total de empleados en nueve sectores, hay una discordancia significativa al compararlo con la distribución por género para puestos de liderazgo; la mayor parte de éstos es ocupada por hombres. Solo en las ocupaciones sin fines de lucro las mujeres ocupan casi la mitad de los puestos de liderazgo.

El techo de cristal también es digital

Un reciente informe del Banco Interamericano de Desarrollo explora el impacto de los pilares fundamentales de la Cuarta Revolución Industrial (4RI) en el desarrollo social de América Latina y el Caribe, incluyendo en la equidad de género y la diversidad. En este aspecto pone de manifiesto que las inequidades arraigadas que limitan a las mujeres a empleos menor remunerados en comparación con los hombres, podrían incluso pronunciarse por el impacto de la 4RI si no se identifican sesgos. Entre los ejemplos ilustrativos, destaca el reto que enfrentó la desplegaban tantos empleos mejor remunerados como en las realizadas por hombres por la forma en la que estaban escritos los algoritmos. Los usuarios iniciales de la función de ese tipo de búsqueda eran principalmente hombres, por lo que el sistema acabó por presentar estos empleos a hombres a la vez que reforzaba el sesgo contra las mujeres.

El desafío involucra también superar los sesgos culturales y las conductas sociales que dificultan el acceso de las mujeres al mundo digital. De acuerdo con el Instituto para el Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales, hay inequidades de género en el acceso a internet, habilidades digitales y derechos en línea en todos los países en desarrollo. En las áreas pobres de 10 ciudades, incluidas Lagos, Nairobi, Yakarta y Bogotá, las mujeres tienen 50 por ciento menos de probabilidad que los hombres de estar conectadas y 30-50 por ciento menos probabilidad que las mujeres de las mismas comunidades utilicen internet para su empoderamiento político y económico. Las causas fundamentales de esta diferencia son los altos costos, la falta de conocimientos digitales, la escasez de contenidos pertinentes y las barreras que impiden que las mujeres tengan libertad y privacidad para hablar en línea. ¿Cómo entonces equilibramos las realidades de nuestro mundo actual con nuestras aspiraciones de tener mayor equidad y justicia?

Las tecnologías emergentes como fuerza positiva

La cuarta revolución industrial puede ser una fuerza positiva y, si se utiliza adecuadamente, la tecnología puede contribuir a cerrar la brecha de género, pero sólo si evitamos incorporar nuestros sesgos y limitaciones actuales. A diferencia de los humanos, los algoritmos no pueden contrarrestar los sesgos aprendidos por la inteligencia artificial de manera consciente y, a medida que penetre en más aspectos de nuestras vidas, aumentarán los desafíos en la manera de contratar empleados y conceder ascensos. De la misma forma, la supervisión humana es la responsable de asegurar que los sesgos no penetren en la tecnología que construirá nuestro futuro compartido. Para ello, es fundamental comprender las barreras que impiden la paridad en los diferentes sectores y armonizar las estrategias para superar estos obstáculos de manera efectiva.

Aunado a la conciencia sobre la identificación y ¨corrección¨ de sesgos, el factor velocidad es fundamental. Según algunas investigaciones, si duplicamos el ritmo al que las mujeres se vuelven usuarias frecuentes de tecnologías digitales, se podría alcanzar la equidad de género en el lugar de trabajo en 2040 en los países desarrollados y en 2060 en los países en desarrollo, mucho antes de lo que indican las proyecciones actuales. Tanto la premeditación para evitar sesgos como la velocidad son opcionales en el espectro de prioridades de las agendas públicas y privadas. Pero indudablemente son opciones convenientes. ¿Por qué? En primer lugar, la inclusión digital de la mujer puede contribuir a catalizar la equidad más amplia en las dimensiones social, económica y política, beneficiando no sólo a las mujeres sino a sus comunidades y a la economía en su conjunto. De igual forma, se calcula que el cierre de la brecha digital representa un acumulado de 170 mil millones de dólares.

La 4RI presenta una oportunidad única para dar forma a una sociedad más equitativa e inclusiva. Pero para avanzar decididamente en esta dirección es necesario acelerar el ritmo de la inclusión digital de la mujer y fomentar consciencia colectiva para corregir potenciales sesgos.

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