Un mafioso italiano secuestra a una joven empresaria polaca y le da 365 días para enamorarse de él. Su excusa, como mínimo absurda, es que ella apareció en su mente cuando estuvo a punto de morir un par de años antes. Desde aquel momento, la busca. Ahora, que la encontró, no puede dejarla ir. Esa es, a grandes rasgos, la historia de Massimo y Laura en la película 365 DNI, que durante el último mes lideró los tops ten en Netflix. Falta un detalle: Laura solo necesita un par de días para ceder ante el violento galán y terminar enamorada, embarazada y casi casada. El síndrome de Estocolmo en su máxima expresión.

La cobertura de la covid-19 en Cuba, en general, ha sido oportuna y creativa, con “nombres, rostros y aterrizajes diversos a la cotidianidad de las personas”, aunque aún reproduce estereotipos patriarcales, confirmaron una investigación y un foro debate derivado de ella, divulgados en la última semana de junio en La Habana.

El estudio refleja que aún “no superamos la reproducción de roles y estereotipos de género patriarcales, ni el lenguaje sexista en tiempos de covid-19”, opinó la periodista Adalys Ray Haynes en el foro “¿Cómo publicar con éxito sobre la COVID-19?”, convocado desde la plataforma Cubaperiodistas.

Leticia Martínez, periodista de 36 años y madre de dos niñas, ha vivido días difíciles desde que Cuba diagnosticó los primeros casos de covid-19, el 11 de marzo de 2020. Reportera del equipo de prensa del Consejo de Estado, si antes literalmente “no paraba” de cobertura en cobertura, en cualquier lugar del país, desde que debutó la pandemia carga, además, con la preocupación por la familia.

“Noté que la pantalla compartida desde mi computadora comenzaba a cambiar de color y el audio era distinto. En segundos, personas entraron al webinario con los micrófonos abiertos primero saludando. Intenté mutear los micrófonos, pero era demasiado tarde, estaban pidiendo que ‘enseñáramos las tetas’, nos dijeron que ‘estábamos buenas’. Lo que siguió fue la toma completa de control de la pantalla. Una palabra muy insultante, racista y agresiva comenzó a aparecer en la pantalla. Cortamos la sesión. (…) Rápidamente abrimos otra reunión segura y recuperamos a las personas que se habían conectado. (…)”. Esta pesadilla digital, y no por ello menos real, que narran las integrantes de la colectiva Vita-Activa.org, se repitió en múltiples ocasiones para muchas colectivas feministas durante los últimos meses.

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