Los tiempos son importantes para el feminismo. El 26 de abril de 2018 conocimos la sentencia a “La Manada”, 9 años por un delito de abuso sexual en lugar de los 24 años que pedía la Fiscalía. El juicio se desarrolló cinco meses antes, por una violación sucedida en 2016[1]. Unas horas bastaron para que el movimiento feminista organizara en las grandes ciudades españolas concentraciones que gritaron un “yo sí te creo” unánime. Pocos días después apareció el hashtag #Cuéntalo y las redes sociales se inundaron de miles de testimonios personales contando agresiones y episodios misóginos.

Las nuevas tecnologías y las redes sociales se han convertido en una herramienta para ejercer un acoso contra las mujeres que parece no tener fin. La inmensidad de la red hace que los mensajes, fotos y vídeos se propaguen a una velocidad vertiginosa, resultando muy difícil parar la viralización de contenidos sensibles o violentos.

Un nuevo documental titulado 100 años de divorcio, aún en proyecto, dará vida a las historias de sufragistas y feministas que exigieron derechos civiles en Cuba durante las primeras tres décadas del siglo XX. La nueva apuesta es obra de la cineasta Marilyn Solaya (Vestido de novia /2014), quien acumula una obra coherente dedicada a defender los derechos de las mujeres y es una de las solo ocho directoras de cine cubanas que han logrado hacer un único largometraje en la nación caribeña.

Si se hiciera un estudio demográfico de la programación de la televisión cubana arrojaría como definición que la isla es un país de mujeres y hombres blancos, jóvenes y en su mayoría bien parecidos. Si ese mismo estudio realizara un análisis más profundo, tendría como resultados una televisión ajena a un proceso de creciente mestizaje y, sobre todo, de espaldas a la realidad de una nación inmersa en un acelerado proceso de envejecimiento.

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