El sociólogo Pierre Bourdieu sentenció sabiamente que “las feministas necesitan una revolución simbólica”. Abocadas a construir ese otro mundo de relaciones, a trastocar los signos de la opresión y edificar una sociedad justa, hemos asumido la disputa del escenario público y mediático no solo para denunciar la opresión de las mujeres, la desigualdad e injusticias que genera el patriarcado, sino también para construir otros significados y nuevas maneras de decir.

En muchas ocasiones el cine ha ayudado a eliminar los prejuicios de la sociedad, pero mitos como el del “amor romántico”, muy recurrente en la ficción, ofrecen a la población adolescente una idea equivocada y machista del amor. Además, el 87 por ciento de las personas guionistas son hombres, algo que fomenta la representación de los habituales tópicos femeninos y la sexualización de las mujeres.

Nahir Galarza es un nombre que se ha vuelto demasiado conocido. Quienes lean las noticias, sobre todo en Argentina, seguramente la han oído nombrar. Galarza es la joven argentina de 19 años que mató con dos disparos de la pistola Browning 9 mm semi-automática de su padre –un oficial de policía– a Fernando Pastorizzo, de 20 años, con quien tenía algún tipo de relación sentimental. El asesinato sucedió en diciembre pasado en Gualeguaychú, Argentina.

El envejecimiento de la población llegó para quedarse en Cuba, pero a menudo los medios de comunicación siguen manejando estereotipos que impiden ver a las personas que sobrepasan los 60 años no solo como dependientes de cuidado, sino también como protagonistas activas de la cotidianidad.

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